
04/08/2025
Hay cosas que uno aprende con el tiempo, y otras que se graban a fuego durante las crisis. Una de las más valiosas que se ha aprendido en la gestión pública moderna (especialmente durante los días más inciertos de la pandemia) es que el liderazgo necesita el equilibrio de la participación. Cuando se rompe ese equilibrio, el poder mal gestionado puede desconectarse de su propósito esencial de servir y las consecuencias no son políticas… son humanas.
Hubris: La antítesis del servicio público
Arnold Toynbee lo decía en su Estudio de la Historia: el hubris antecede el colapso. En la antigua Grecia, era el pecado de los que se creían dioses. El ejemplo de Ícaro (el joven que voló demasiado alto, desoyendo advertencias, hasta que el sol derritió sus alas de cera) sigue siendo una metáfora vigente del exceso de ambición sin humildad. En lo público, ese mismo pecado se manifiesta cuando los funcionarios se creen dueños de lo que solo administran por un tiempo, o cuando confunden el cargo con poder absoluto.
La historia está llena de advertencias: la Torre de Babel, símbolo bíblico de soberbia colectiva; emperadores que cayeron por ignorar a sus consejeros; líderes que, creyéndose infalibles, condujeron a su pueblo al abismo. El exceso de confianza y el ego desmedido ciegan, aíslan, y al final… hacen daño.
Como advirtió Lord Acton: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.”
Esa corrupción no siempre se manifiesta en dinero o escándalos. A veces es más peligrosa: se manifiesta en la ceguera moral, en el desprecio por la crítica, en la desconexión con la realidad. En salud, esa desconexión puede costar vidas.
En distintos contextos he observado cómo la falta de diversidad en el pensamiento y la resistencia a la crítica pueden crear entornos cerrados, donde las decisiones se retroalimentan sin contraste. En salud, este tipo de dinámicas no solo afectan la eficiencia: pueden tener consecuencias directas sobre la vida de las personas.
Una gestión saludable necesita fricción positiva, apertura al diálogo, y el valor de corregir cuando sea necesario. El liderazgo aislado corre el riesgo de perder contacto con la realidad externa, de no ver con claridad cómo sus acciones son percibidas, y de limitar su capacidad de adaptación. Esto no siempre se debe a mala intención; muchas veces ocurre porque se refuerzan narrativas internas que no permiten reconocer alertas o aprendizajes necesarios.
La Pandemia: República Dominicana como modelo de colaboración
Durante la pandemia, muchos países optaron por estrategias cerradas, rígidas, centralizadas en figuras que creían tener todas las respuestas. El resultado: sistemas colapsados, desinformación y desconfianza.
En cambio, la República Dominicana demostró que la apertura, la colaboración y el trabajo multisectorial salvan vidas.
Nuestro modelo fue un ejemplo de gobernanza compartida: sector público, privado, academia, sociedad civil, todos sentados en la misma mesa. Ese enfoque permitió decisiones ágiles, basadas en evidencia, con ejecución eficiente. Y los resultados (medidos en vidas salvadas, hospitales funcionales y confianza social) hablan por sí solos. Dimos cátedra. Porque entendimos en ese momento que la salud no se dirige desde un escritorio aislado, sino desde la conexión real con el país.
Lo público nos pertenece a todos
La salud, la educación, la seguridad, la justicia: son bienes colectivos que deben gestionarse con ética, apertura y compromiso. Nadie es dueño de lo público. Todos (desde diferentes sectores y trayectorias) tenemos el deber de contribuir al desarrollo nacional.
Nuestro país vive un momento de oportunidad. Para avanzar hacia mayores niveles de bienestar, necesitamos liderazgos inclusivos, instituciones abiertas al conocimiento externo, y un compromiso genuino con la innovación, el diálogo y la participación.
Hoy más que nunca, el momento histórico que vivimos exige una visión compartida. Liderar no es imponer una ruta única, sino articular voluntades, tender puentes entre sectores y sumar capacidades diversas. Servir no es decidir en soledad, sino escuchar activamente, abrirse al diálogo y al aprendizaje constante.
En un mundo interconectado, la colaboración no es una opción, es una necesidad estratégica. Para avanzar como nación, debemos romper los silos que nos dividen y fomentar sinergias reales entre el sector público, la academia, la empresa privada y la sociedad civil. Cada uno aporta una pieza del rompecabezas nacional; solo integrándolas podemos construir un desarrollo sólido y sostenible.
El futuro de la salud dominicana (como el de nuestra democracia) dependerá de liderazgos humildes, inclusivos y comprometidos con el bien común. Necesitamos instituciones abiertas, que valoren la inteligencia colectiva y reconozcan que la innovación surge del intercambio respetuoso y la diversidad de perspectivas.
Solo a través de la colaboración genuina y la construcción de confianza podremos fortalecer nuestros sistemas, cerrar brechas sociales y prepararnos para los desafíos (y oportunidades) del mañana. Porque el verdadero progreso no se impone: se construye en conjunto.
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