Entre la intervención de Trump en una tarjeta roja, el debate sobre las apuestas en el Congreso y el apagamiento racial en Argentina, el Mundial de 2026 reveló menos sobre fútbol y más sobre quién manda en la cancha, en casa y en América Latina
La noche del 5 de julio, la FIFA anuló la suspensión automática del delantero estadounidense Folarin Balogun, expulsado días antes por una entrada violenta contra un jugador de Bosnia y Herzegovina en el primer partido de la fase eliminatoria del Mundial. La decisión llegó recién después de una llamada personal de Donald Trump al presidente del organismo, Gianni Infantino, hecho que el propio presidente de Estados Unidos admitió públicamente, sin ningún reparo. Bélgica, el siguiente rival de los estadounidenses, protestó. La Unión Europea cuestionó la decisión. La FIFA, sin embargo, la mantuvo.
Pocos episodios ilustran con tanta claridad lo que este Mundial, disputado en Estados Unidos, México y Canadá, revela sobre el momento político que atraviesa el mundo. El fútbol, deporte que se presenta como lenguaje universal y neutral, está, en la práctica, cada vez más alineado con quien detenta el poder del Estado y el poder del mercado no con el hincha, no con el jugador, y mucho menos con la mujer que mira el partido desde su casa, deseando de que su equipo pierda para que eso no le cueste caro después.
La subordinación de Infantino no es nueva. Meses antes de la Copa, la FIFA creó un inédito Premio de la Paz FIFA para condecorar a Trump, semanas antes de que Estados Unidos bombardeara Irán. A lo largo del torneo, delegaciones de países en curso de colisión diplomática con Washington relataron un trato inusual en las fronteras estadounidenses, desde la retención de un árbitro hasta el interrogatorio prolongado de jugadores de Medio Oriente. La FIFA, históricamente poco incómoda a la hora de convivir con gobiernos autoritarios desde João Havelange, que usó su base en la dictadura militar brasileña para consolidar el organismo, hasta la Rusia de 2018 y el Catar de 2022, encontró en Trump la continuidad más explícita de su propia tradición institucional.
Esto concierne a América Latina de manera directa. Al fin y al cabo, la región vive su propio ciclo de experimentación autoritaria, de Javier Milei a Nayib Bukele. En Brasil, la propia camiseta de la selección dejó de ser consenso nacional para convertirse en munición de guerra cultural. La apropiación bolsonarista del amarillo nunca fue sobre orgullo patriótico, sino una toma de posición en una guerra imaginaria contra la izquierda que usa un símbolo deportivo como extensión de la disputa política. Es la misma lógica del caso Balogun, aplicada a la bandera en lugar de a la tarjeta roja: convertir un espacio supuestamente neutral en instrumento de quien ya está en el poder.
Esa captura tiene otro espejo doméstico: el de las apuestas. La publicidad de casas de apuestas en las transmisiones de los partidos del Mundial provocó una de las movilizaciones institucionales más rápidas del año en Brasil. La diputada federal Erika Hilton acudió al Ministerio Público Federal y al Consejo Nacional de Auto Reglamentación Publicitaria con el argumento de que los comentaristas usaban su credibilidad para inducir apuestas en tiempo real.
Como ella misma sostuvo, apostar no es deporte, es juego de azar. El Conar suspendió publicidades de tres operadoras, y una investigación reveló que el público perdió el 61% de las apuestas sugeridas en vivo. El problema es mayor que la publicidad abusiva: el gasto de las familias brasileñas en apuestas creció un 500% en tres años, concentrado en hombres de bajos ingresos. Especialistas consultados por el Senado durante el propio Mundial relataron un aumento del 140% en las consultas por trastorno de juego desde 2018, y una relación directa entre el endeudamiento y la violencia doméstica.
La masculinidad que se performa en torno al fútbol competitivo, dispuesta a probar suerte y conocimiento con dinero es exactamente la gramática que la industria de las apuestas monetiza. El perjuicio rara vez queda circunscrito a quien apostó, en un patrón que dialoga con datos internacionales ya bien documentados: en Brasil, las amenazas y agresiones contra mujeres aumentan en los días de partido de la selección; en Inglaterra, la violencia doméstica crece incluso cuando el equipo gana. Esto desarma la explicación fácil de la frustración y apunta a algo más estructural: una masculinidad en exhibición pública que necesita reafirmarse en algún lugar. Y ese lugar, con frecuencia, es dentro de casa.
Esa misma masculinidad encontró en este Mundial su vitrina espiritual. De los 26 convocados de la selección brasileña, 23 se declaran evangélicos. Agradecer a Dios se convirtió en el registro emocional oficial del equipo, blindando el éxito individual de cualquier lectura estructural sobre el sistema que lo produce. En paralelo, circula una narrativa sobre las parejas de los jugadores, tratadas por la prensa deportiva como capital de imagen: audiencias monetizadas incluso cuando la historia personal incluye infidelidades públicas, que colocan a la mujer como accesorio rara vez como sujeto de su propia narrativa.
Ese engranaje tiene un origen más frío, que explica por qué estos jugadores llegan a la selección como desconocidos en los propios países que representan. Desde la Ley Bosman, de 1995, los clubes europeos reclutan sistemáticamente a jóvenes talentos de América Latina y África, drenando demasiado pronto a atletas que antes construían carrera y reconocimiento popular en casa. El resultado es una selección de nombres poco familiares, comandada por un técnico europeo contratado para “profesionalizar” al equipo, decisión que, para muchos observadores, también anuló lo que quedaba de la ginga históricamente atribuida a la matriz negra del fútbol brasileño.
Es un episodio más de blanqueamiento institucional, esta vez de adentro hacia adentro, con un espejo invertido hacia afuera. Selecciones europeas que hasta hace pocas décadas eran casi enteramente blancas llegaron a 2026 con protagonismo de futbolistas negros e hijos de inmigrantes, al mismo tiempo que se fortalecen las políticas antiinmigración en esos países: quien da resultados es celebrado, quien no juega bien al fútbol es hostilizado. Argentina es el contrapunto exacto, y se mantiene, casi por completo, como un equipo blanco, herencia de un proyecto histórico de blanqueamiento que se remonta al fomento oficial de la inmigración europea en el siglo XIX. El fútbol no crea esa jerarquía racial, pero la expone, en alta definición, para que el mundo entero la vea.
Queda, aun así, un contrapunto que vale la pena subrayar. Mientras el Mundial se convirtió en la vitrina donde estas nuevas alianzas de poder se muestran sin ningún pudor, es en la Libertadores donde todavía se juega, con relativa autonomía, un fútbol latinoamericano decidido por los propios clubes, en los propios medios, para la propia audiencia, sin depender de visas estadounidenses ni de llamadas presidenciales. Es un recordatorio pequeño, pero útil, de que la captura no es un destino inevitable.
Lo mismo vale para la política. La ola autoritaria que atraviesa a Milei, a Bukele y al bolsonarismo no es una ley de la física regional. Brasil sigue teniendo elecciones libres, instituciones que resisten presiones y un debate público como el que la propia Erika Hilton impulsó sobre las apuestas capaz de imponerse incluso contra el dinero. Nada de esto es garantía de nada. Pero es la diferencia entre una democracia que todavía elige y un campeonato que ya no elige más.

