Nelson Mandela y el liderazgo que necesitan nuestras democracias

Nelson Mandela y el liderazgo que necesitan nuestras democracias

Por: Fausto Herrera Catalino

A propósito del Día Universal de Nelson Mandela el 18 de julio próximo.

La historia demuestra que los pueblos pueden producir grandes oradores, brillantes estrategas e incluso gobernantes exitosos, desde 1945 algunos sobresalientes: Lee Kuan Yew, Singapur; Deng Xioping, China; Angela Merkel, Alemania; Nelson Mandela, Sudáfrica; Oscar Arias, Costa Rica; Michelle Bachelet, Chile y José “Pepe” Mujica, Uruguay.

Sin embargo, son muy pocos los dirigentes capaces de cambiar el curso de una nación sin sacrificar los valores democráticos. Entre ese reducido grupo sobresale Nelson Mandela, cuya vida constituye una de las más extraordinarias lecciones sobre el ejercicio ético del poder.

Mandela no fue grande únicamente porque derrotó al apartheid. Su verdadera dimensión histórica radica en haber comprendido que la victoria política pierde legitimidad cuando se convierte en instrumento de venganza. Después de veintisiete años de prisión, nadie habría cuestionado que respondiera con resentimiento a quienes lo encarcelaron. Sin embargo, eligió un camino completamente distinto: construir una nación donde antiguos enemigos pudieran compartir un mismo destino.

En esa decisión reside la esencia del liderazgo auténtico.

A lo largo del siglo XX surgieron dirigentes que transformaron la historia mediante distintos métodos, pero unidos por una misma convicción: el poder solo adquiere legitimidad cuando sirve a una causa superior.

Mahatma Gandhi convirtió la resistencia pacífica en un instrumento político capaz de derrotar a uno de los imperios más poderosos de la historia. Enseñó que la autoridad moral puede imponerse sobre la fuerza militar y que la dignidad de un pueblo no depende de la violencia, sino de la firmeza de sus principios.

Martin Luther King Jr. trasladó esa filosofía al movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos. Su lucha no buscó reemplazar una discriminación por otra, sino construir una sociedad donde la igualdad dejara de ser un ideal para convertirse en una realidad jurídica y política.

Mandela aprendió de ambos, pero fue más allá. Gobernó un país profundamente dividido y evitó que la transición democrática desembocara en una guerra racial. Comprendió que el liderazgo no consiste en movilizar el resentimiento, sino en administrar la esperanza.

América Latina necesita recuperar esa concepción del liderazgo.

Durante décadas, la región ha padecido una alternancia entre caudillismos de distinto signo ideológico. Unos prometieron redención mediante revoluciones permanentes; otros ofrecieron salvación a través del mercado como solución absoluta. En ambos casos, demasiadas veces el resultado fue el mismo: instituciones debilitadas, personalismo político y sociedades crecientemente polarizadas.

En ese contexto, el pensamiento de José Francisco Peña Gómez adquiere una renovada actualidad. Como Mandela, Peña Gómez entendía que la democracia solo puede consolidarse cuando incorpora a quienes históricamente han sido excluidos. Su consigna, "Primero la gente", sintetizaba una concepción profundamente humanista de la política: el poder existe para servir a la ciudadanía, no para servir a quienes lo ejercen.

Aunque ambos actuaron en escenarios muy diferentes, compartían principios esenciales: la defensa de la democracia, la inclusión social, el respeto a la dignidad humana y la convicción de que las instituciones son más importantes que los intereses personales.

La República Dominicana enfrenta hoy desafíos que no podrán resolverse únicamente mediante crecimiento económico o competencia electoral. La calidad institucional, la educación, la seguridad ciudadana, la transparencia, la desigualdad y la confianza pública requieren dirigentes capaces de construir acuerdos nacionales, no simplemente victorias partidarias.

Sin embargo, la política contemporánea parece avanzar en sentido contrario. El debate público se ha convertido con frecuencia en un escenario donde predominan la descalificación, la propaganda y la confrontación permanente. Las redes sociales han multiplicado la velocidad del conflicto, pero no necesariamente la calidad del liderazgo.

La doctrina de Mandela ofrece una respuesta a esa crisis.

Nunca confundió popularidad con autoridad, ni autoridad con autoritarismo. Sabía que el verdadero dirigente escucha antes de decidir, negocia sin renunciar a sus principios y comprende que el adversario político no es un enemigo de la nación.

Otra de sus grandes enseñanzas fue su relación con el poder. Pudo perpetuarse en la presidencia aprovechando su enorme prestigio nacional e internacional. No lo hizo. Gobernó un solo mandato y fortaleció las instituciones democráticas, dejando claro que ningún hombre, por extraordinario que sea, debe colocarse por encima de la República.

Ese comportamiento contrasta con una práctica frecuente en muchos países, donde algunos líderes terminan creyéndose indispensables y transforman los partidos en instrumentos personales. La historia demuestra que cuando las instituciones dependen de una sola figura, la democracia comienza a deteriorarse.

Mandela entendió también que un dirigente verdaderamente grande no crea seguidores dependientes, sino ciudadanos libres y nuevos líderes. La fortaleza de una organización política no se mide por la obediencia de sus miembros, sino por su capacidad para renovar liderazgos sin perder principios.

Hoy, cuando muchas democracias atraviesan una preocupante crisis de representación, el legado de Mandela adquiere una dimensión universal. Su ejemplo recuerda que gobernar no consiste en administrar emociones pasajeras, sino en construir confianza; que el liderazgo no es un ejercicio de imposición, sino de persuasión; y que el poder solo encuentra su verdadera justificación cuando amplía la libertad, fortalece las instituciones y mejora la vida de las personas.

Las democracias latinoamericanas no necesitan más caudillos providenciales. Necesitan dirigentes con la visión de Gandhi, la autoridad moral de Martin Luther King Jr., el compromiso democrático de Peña Gómez y la extraordinaria capacidad de reconciliación que convirtió a Nelson Mandela en uno de los grandes estadistas de todos los tiempos.

Porque los pueblos no recuerdan durante siglos a quienes acumularon poder. La historia reserva ese privilegio para quienes supieron utilizarlo con grandeza, justicia y sentido de nación. ¡Esa es la gran misión de la clase política dominicana!

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