Donald Trump ha elegido sistemáticamente la confrontación con Irán, en línea con la estrategia de Israel. Con los recientes ataques militares, el conflicto ha escalado hasta el asesinato del líder supremo, Alí Jamenei. Teherán busca ahora resistir y ampliar la contienda para forzar una negociación, mientras que Estados Unidos e Israel parecen perseguir un cambio de régimen sin medir plenamente las consecuencias.
Ezequiel Kopel
En cuatro oportunidades, el presidente estadounidense Donald Trump se encontró ante la disyuntiva entre adoptar la opción más confrontativa -y supuestamente peligrosa- con respecto a Irán o buscar una alternativa más apaciguadora o diplomática. En todas escogió la más virulenta. En 2018, canceló el Acuerdo Nuclear que su predecesor, Barack Obama, había firmado con el régimen de los ayatolás y que, según todas las opiniones de organismos oficiales o independientes, monitoreaba fielmente su desarrollo nuclear y limitaba la posibilidad de que Irán desarrollara una bomba de destrucción masiva. En 2020, el republicano decidió ordenar la muerte del comandante de la Guardia Revolucionaria Qasem Soleimani en Iraq, lo que a su vez provocó que Irán lanzara misiles por primera vez contra bases estadounidenses. Más tarde, a mediados de 2025, Trump se sumó al esfuerzo guerrero de Israel -cuando aparentaba mediar- y decidió atacar a Irán bajo el pretexto de la amenaza nuclear iraní.
Ocho meses después de declarar que las instalaciones nucleares de Irán habían sido destruidas y que las opiniones en contrario eran noticias falsas, Estados Unidos, junto a Israel, lanzó otro ataque -otra vez «preventivo»-, en medio de negociaciones con representantes de la República Islámica.
Israel utilizó más de 2.000 bombas en las primeras 30 horas de la guerra, mientras que Estados Unidos atacó más de 1.000 objetivos en el mismo periodo e Irán respondió con al menos 390 misiles y 830 drones en los dos primeros días. Las bombas impactaron en escuelas, hospitales y edificios residenciales, en los ataques más duros contra Teherán en más de tres décadas. Según diversos informes, Irán estaba dispuesto a ceder ante la gran mayoría de las exigencias: enriquecimiento de bajo grado, supervisión total de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) sobre todo el programa y reservas de enriquecimiento de uranio. Pero Trump -quien en el pasado había dicho en un tuit, fechado el 11 de noviembre de 2013, que «el presidente Obama atacaría a Irán debido a su incapacidad para negociar adecuadamente, ¡no por su habilidad!»- exigió la destrucción de la Marina iraní. Esto representa una cuestión clave para el mercado petrolero, pues limitaría la capacidad de presión de la República Islámica para cerrar el estratégico estrecho de Ormuz (aunque los drones o los botes rápidos también ayudan a ese objetivo). Pero significaría también para Irán dejar de ser un país independiente con capacidades efectivas en defensa.
A un día de iniciado el ataque conjunto israelí-estadounidense, durante el Ramadán islámico y previo al Purim judío, Israel decidió empezar descabezando al liderazgo iraní de arriba hacia abajo, y en ese marco asesinó al líder supremo Ali Jamenei. Es la primera vez que el Estado judío elimina a un jefe de Estado, lo que corre aún más los límites de lo permitido en la esfera internacional. Días después, mientras los representantes de la Asamblea de Expertos (que en verdad es un cuerpo de 88 clérigos elegidos con la aprobación de Jamenei) se reunían para designar al reemplazante del líder supremo, Israel bombardeó el recinto en una acción que podría constituir un crimen de guerra. En otros tiempos, por ejemplo, cuando Israel atacó el reactor nuclear iraquí Osirak en 1981, la entonces primera ministra británica Margaret Thatcher consideró el hecho «grave violación del derecho internacional» y explicó que ella defendía la legalidad internacional, y que una vez que nos alejamos de ella ya «no sabremos dónde estamos».
Se cree que el 3 de marzo la Asamblea de Expertos seleccionó a Mojtaba Jamenei, hijo del líder asesinado y no precisamente un candidato moderado: se trata más bien de alguien para mantener el statu quo de la República Islámica. Su nombre se conoció mundialmente cuando estuvo detrás de la represión de las protestas por el fraude en las elecciones de 2009, para muchos el principio del fin de la credibilidad interna sobre el sistema electoral. Israel, ni lerdo ni perezoso, anunció que tratará de acabar con el nuevo mandamás, pero posiblemente se esté apresurando y olvide una constante en la región: cuando los líderes son reemplazados por sus hijos, estos suelen ser los últimos al frente del sistema construido por sus progenitores.
Durante su mandato, Jamenei erigió a Irán como la mayor amenaza para la seguridad de Israel, prometiendo repetidamente la destrucción del Estado judío, y con ese propósito sostuvo a grupos armados en la región, continuó con el programa de misiles balísticos de Ruhollah Jomeini -líder de la Revolución Islámica de 1979- y coqueteó con las ambiciones nucleares del país.
Precisamente esta última ambigüedad es la que le costó la vida: mientras sostenía que Irán tenía el derecho inalienable de promover la energía nuclear y mantenía su programa contra viento y marea, no terminó de desarrollar un arma de destrucción masiva. Cabe pensar que, si un remanente del aparato de seguridad e inteligencia iraní permanece en el poder, concluirá que cometieron un error al conformarse con un proyecto a medias y en el futuro deberían revertirlo.
El ayatolá Jamenei -según un artículo del New York Times– había declarado a su círculo cercano que, en caso de guerra, prefería quedarse en el poder y convertirse en mártir antes que ser juzgado por la Historia como un líder que se había ocultado. Jamenei se encontraba en la oficina de del complejo residencial dónde vivía junto a su familia y no dentro de un búnker subterráneo. Esto puede hacer pensar que se proponía ser recordado por un acto performativo deliberado, similar al del sacrificio de Hussein -nieto del profeta Mahoma- en Karbala hace trece siglos; un hecho crucial para definir la variante chiita del islam. Pero también -dado que en el ataque murió su esposa y varios miembros de su familia- parece haber subestimado los riesgos inmediatos que pendían sobre él.
La muerte de Jamenei -quien se dice que padecía un cáncer de próstata y se esperaba que pereciera dentro de poco debido al empeoramiento de su condición y su avanzada edad (86 años)- trajo justicia para los miles de iraníes que perdieron la vida durante su reinado, pero su deceso fue también similar al de un héroe irredento, más dispuesto a sacrificarse junto a su familia por su pueblo que a firmar una rendición que lo humillara. El ayatolá reprimió brutalmente por décadas las oleadas de protestas internas contra el sistema, y la más reciente fue aplastada mediante una masacre, quizás la más sangrienta de la historia contemporánea iraní, en enero de 2026.
Hoy la estrategia de Estados Unidos e Israel parece buscar un cambio de régimen (lo que podría conducir a una guerra civil), o bien lograr que Irán capitule por completo en materia de misiles, armas nucleares e intervención regional. En ese caso, deben encontrar un sector de la poderosa Guardia Revolucionaria -organización fundada unos meses después de la Revolución Islámica con la misión central de defender al nuevo régimen- dispuesto a hacer un acuerdo a cambio de mantener el poder.
La primera opción implica caos y sufrimiento masivos; la segunda, una rendición con el objetivo de promover una caída posterior. El liderazgo iraní no cree que, en caso de rendición, Estados Unidos alivie la presión, sino que, por el contrario, la situación animará a Washington a ir por más. Otra opción parece ser la atomización del territorio iraní mediante el levantamiento de los diferentes grupos étnicos, en especial los kurdos de Irán, que se espera que sean apoyados desde las zonas del Kurdistán iraquí, en una especie de transnacional kurda que nunca termina de materializarse (no por falta de valentía, sino por el peso de sus enemigos y las divisiones entre los diferentes grupos nacionalistas). La alternativa kurda ya se veía venir la semana pasada cuando diferentes contratistas de defensa estadounidense salieron, antes del ataque contra Irán, a buscar traductores kurdos.
Durante los últimos cien años, los kurdos han sido armados y luego abandonados por Estados Unidos en numerosas ocasiones («Si me engañas una vez, la culpa es tuya. Si me engañas dos veces, la culpa es mía»). Incluso, hace un mes, Trump suspendió intempestivamente el apoyo estadounidense a las fuerzas kurdas en Siria, dejándolas a su suerte para que firmaran un acuerdo de convivencia con el gobierno central de tendencia islamista de Damasco, que había empezado a masacrarlos. Aunque la atención se centra en los grupos de oposición kurdos iraníes (y la reciente formación de una coalición entre los cinco partidos principales), cabe destacar que militantes baluchis salafistas precedieron a esa acción con su propia coalición. Ambas opciones preocupan tanto a Turquía como a Pakistán, y si algún desprevenido cree que el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, va a permitir pacíficamente que los kurdos creen un Estado étnico en su frontera, debería recordar lo que hizo en Siria e Iraq.
Fuera de Irán, los grupos de expatriados se encuentran divididos: uno con base en Estados Unidos, que cuenta con el favor de varios políticos israelíes, sugiere que la alternativa menos traumática para establecer una sucesión al sistema debería ser Reza Pahlavi, el hijo del último sha de Irán, Mohamed Reza Pahlevi. Es decir, reemplazar la actual teocracia con un descendiente de la anterior monarquía. Pero es importante recordar que la Revolución Islámica de 1979 no surgió por generación espontánea, sino que fue la respuesta a décadas de represión, despilfarro económico y tiranía.
Para muchísimos iraníes, dentro y fuera del país, el principio del problema puede rastrearse en el golpe de Estado promovido por los servicios de inteligencia de Gran Bretaña y Estados Unidos junto al último sha, Mohamed Reza Pahlevi, para voltear al líder nacionalista Mohamed Mossadegh, que contaba con apoyo popular y había nacionalizado la industria petrolera iraní.
Asimismo, la viuda del último sha de Irán y madre de Reza Pahlevi, Farah Pahlevi, sostuvo, en un mensaje apenas velado, que si bien su hijo «está en proceso de preparar» una transición, «el futuro de Irán no debe decidirse fuera de sus fronteras» y que el apoyo de la comunidad internacional debe «ir al pueblo, no a los cálculos geopolíticos». También afirmó que la muerte del líder supremo Alí Jamenei constituye «un momento de importancia histórica», pero «no significa automáticamente el fin de un sistema».
Irán tiene el doble de población que Iraq, el cuádruple de su territorio y un aparato de seguridad mucho mejor equipado y motivado, que ha dado muestras en reiteradas ocasiones de estar cohesionado alrededor del régimen. Al mismo tiempo, el sistema iraní ha evolucionado, a lo largo de casi medio siglo, hasta convertirse en una estructura diseñada para funcionar en tiempos de crisis -incluso si se plantea, como ahora, la necesidad de un cambio de liderazgo en la cúpula del poder-. Por lo tanto, cualquier cambio político significativo requiere el desmantelamiento de un capilar sistema burocrático estatal que depende de cientos de miles de personas. Fomentar una guerra civil en Irán podría no solo ser desastroso para la nación persa, sino también suicida para la región, sobre todo si recordamos que, en Iraq, una situación similar terminó alentando el nacimiento del Estado Islámico.
Para Irán, el objetivo es tratar de aguantar los ataques estadounidenses e israelíes, mantener su posición y expandir todo lo posible la guerra aumentando el peligro para la economía mundial, a la espera de que actores regionales e internacionales medien un alto el fuego. Espera que si Trump no obtiene una victoria rápida, busque una salida negociada. Pero para eso, según los cálculos iraníes, es necesario presionar a los países del Golfo para demostrarles el precio del «no alineamiento», que Irán considera una colaboración indirecta con Estados Unidos e Israel.
La estrategia no está exenta de riesgos, pues puede conducir a los integrantes del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo a sumarse al esfuerzo bélico contra Irán. Pero el cálculo de la defensa iraní hoy es que no haberles hecho pagar un precio más alto a los países vecinos, cuando el país fue atacado en el pasado, es lo que condujo a la situación actual y potenció a sus enemigos sunitas. Por ello, tras el ataque estadounidense-israelí, Irán lanzó misiles y drones contra Israel, Jordania, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Baréin, Omán y Arabia Saudita. De este modo, Teherán decidió responder sin demora, y esa veloz decisión definió el curso operativo.
La peor parte de la represalia iraní parece haber recaído sobre los civiles israelíes y la infraestructura en el Golfo. Irán ha decidido tres tipos de objetivos: bases militares estadounidenses en la región (Baréin, Qatar, Kuwait), infraestructura de energía (Arabia Saudita, Kurdistán) y, quizás el más peligroso de todos: zonas urbanas densamente pobladas para maximizar el impacto económico y político (centro de Israel, Dubái).
Asimismo, oficiales militares iraníes anunciaron el lunes 2 de marzo que cualquier barco que cruzase el crítico estrecho de Ormuz -vía marítima por la que transita cerca de 20% del petróleo del mundo- sería hundido. Esta amenaza, junto a los millonarios pagos exigidos a las compañías de seguros, llevaron a una parálisis marítima que pone en vilo a varias potencias y las obliga a implementar alternativas para el transporte del petróleo (Arabia Saudita anunció que podría encontrar una vía de salida alternativa por el Mar Rojo). En este contexto, Rusia está expectante y deseosa de cubrir el consumo chino e indio, e incluso el europeo.
Para los países del Golfo, existe una gran diferencia entre resistir los ataques a bases estadounidenses y los directos a su propia infraestructura. Si bien parecen haberse preparado bien para la guerra (los emiratíes dicen que sus interceptores de misiles pueden operar durante meses y han derribado la gran mayoría de los drones y misiles disparados contra su espacio aéreo), no es fácil pasar por alto que la situación actual es un desastre total para las monarquías del Golfo, que durante mucho tiempo se han presentado como islas de estabilidad y refugio económico, lo que les ha permitido construir un importante soft power global.
Días atrás, el Secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, fue consultado sobre las causas de la intervención estadounidense en Irán, a lo que respondió que habían sido alertados por Israel de que estaban preparando un ataque contra Irán y que esta vez la respuesta iraní -a diferencia de oportunidades anteriores- sería contra Estados Unidos. Entonces, decidieron adelantarse y lanzar un peculiar «ataque preventivo».
Estas afirmaciones contradicen al Pentágono, que ha afirmado, en reuniones informativas en el Capitolio, que Irán no planeaba iniciar una ofensiva a menos que lo atacaran primero. Por su parte, el gobierno iraní parece igual de preocupado por la amenaza externa que por un virtual desmoronamiento interno en el caso de nuevas protestas. Pero si la sociedad iraní merece liberarse de un régimen despótico, parece improbable que su caída sea lograda con una campaña de bombardeos, con Estados Unidos más comprometido con los objetivos regionales de Israel que con sus propios intereses.
Mientras tanto, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, adelantó que, en caso de ser necesario, Estados Unidos utilizará fuerzas terrestres. Pero la amenaza de una invasión masiva -y no de operaciones terrestres específicas que ya se deben estar produciendo- parece arriesgada, considerando que Irán es un traicionero territorio montañoso y posee una fuerza de combate descentralizada.
Históricamente, las intervenciones militares extranjeras nunca han logrado mejorar la vida del pueblo iraní y sus consecuencias han sido destrucción, guerra civil, hambre y un gobierno central dependiente de los deseos externos más que de los intereses nacionales. Pero, al mismo tiempo, es improbable que Irán pueda ganar esta guerra luego de perder a la mayor parte de sus líderes, su marina y su fuerza aérea, pero nadie muestra todas sus cartas al principio y un accidente, un atentado o una situación por fuera de lo esperado, podría alterar los cálculos, e incluso una derrota por puntos será bienvenida si su sistema persiste.
Lo que sí está claro es que esta guerra solo se explica por la decisión de Washington, y que el peor escenario es que Estados Unidos -pero especialmente su ciclotímico líder- no sepa qué es lo que quiere para «el día después». Cuando Trump anunció un cese al fuego el año pasado en la guerra de 12 días sentenció: «no sé qué carajo están haciendo» Israel e Irán. Parece que hoy ni siquiera él, líder de la mayor potencia militar del mundo, lo tiene muy claro.

