Socialismo y libertad

Socialismo y libertad

La interconexión entre liberalismo, socialismo y republicanismo ofrece lecciones valiosas para las luchas actuales dentro de la izquierda. Dos libros recientes –Citizen Marx, de Bruno Leipold, y The Political Theory of Liberal Socialism, de Matthew McManus– hacen dialogar al socialismo con otras tradiciones emancipatorias, una tarea especialmente significativa en medio de las amenazas del presente.

Nueva Sociedad 321 / Enero – Febrero

Chris Maisano

En junio de 2025, entre cuatro y seis millones de estadounidenses participaron en las manifestaciones del No Kings Day (Día sin Reyes) en más de 2.100 ciudades y pueblos de todo el país. Según los observadores, fue la jornada de protesta más grande en la historia de Estados Unidos desde 1970, y superó incluso las masivas manifestaciones del movimiento por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam, las protestas contra la guerra de Iraq en 2003 y las movilizaciones contra la brutalidad policial tras el asesinato de George Floyd en 2020. La agrupación progresista Indivisible, formada durante el primer gobierno de Donald Trump, lideró las tareas de organización. Una amplia coalición de más de 200 colectivos, entre ellos sindicatos, activistas y grupos religiosos, se unieron a ella en una enorme muestra de desafío contra los intentos de Trump de consolidar un régimen autoritario, oligárquico y supremacista blanco.

La mayor organización socialista del país, Socialistas Democráticos de eeuu (dsa, por sus siglas en inglés), estuvo notablemente ausente de la lista de agrupaciones patrocinadoras, aunque muchos miembros de dsa (entre quienes me incluyo) y secciones locales se movilizaron por sus propios medios en marchas y mitines. Lamentablemente, esto fue consistente con la orientación política de la actual dirección nacional de dsa, cuya mayoría es demasiado cautelosa a la hora de trabajar en coalición con organizaciones y movimientos que no sean explícitamente socialistas. Por supuesto, no fue la primera vez que los socialistas adoptaron una postura sectaria en relación con acontecimientos ajenos a sus propias filas, ni será la última. A pesar de esta tendencia tercamente persistente, el movimiento socialista a menudo se ha enriquecido y renovado gracias al compromiso con otras tradiciones y movimientos políticos. En el momento actual, tradiciones como el republicanismo y el liberalismo, que se basan en la oposición a formas de gobierno arbitrarias y despóticas, parecen particularmente dignas de consideración.

En su excelente libro Citizen Marx: Republicanism and the Formation of Karl Marx’s Social and Political Thought [Ciudadano Marx. El republicanismo y la formación del pensamiento social y político de Karl Marx], el teórico político Bruno Leipold demuestra con gran detalle lo importante que fue este compromiso para el propio Marx. Leipold sostiene que el relato tradicional de las tres fuentes principales del marxismo –la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés– es incompleto, porque omite el papel formativo del republicanismo europeo del siglo xix en el pensamiento político de Marx. Entre sus muchas contribuciones valiosas a la vasta bibliografía sobre Marx y el marxismo, Citizen Marx establece, contra críticas como las de Hannah Arendt, lo fundamentalmente político y democrático que era el socialismo de Marx.

En Sobre la revolución, Arendt censura a Marx por su «obsesión con la cuestión social y su falta de voluntad para prestar seria atención a las cuestiones del Estado y del gobierno». Bajo la nefasta influencia de Marx, argumenta, los revolucionarios cambiaron la lucha por la libertad política por la conquista del pan para las masas, un giro fatídico que anunció la llegada de nuevos y aún más terribles despotismos. Sin embargo, aunque las concepciones de Marx sobre la política, el Estado y el gobierno también son, por cierto, pasibles de crítica, Leipold demuestra de manera concluyente que los juicios de Arendt describen con mayor precisión «las formas antipolíticas del socialismo que Marx intentó desterrar». Para Marx, era precisamente mediante el logro de la libertad política a través del establecimiento de una república democrática como se resolvería la «cuestión social».

Una fuerte orientación hacia la acción política democrática diferenciaba el socialismo de Marx y Engels de los socialismos comunitarios de Robert Owen, Charles Fourier, Saint-Simon y otros socialistas «utópicos» de principios del siglo xix. Owen, por ejemplo, pensaba que la transición al socialismo se lograría mediante la difusión de pequeñas comunidades previamente planificadas, como su New Lanark en Escocia o New Harmony en Indiana. «Esta transición comunitaria al socialismo», señala Leipold, «fue deliberadamente desarrollada en contraste con la insistencia republicana en la reforma política». Los trabajadores británicos del movimiento cartista, que hacían campaña por el sufragio masculino, elecciones parlamentarias anuales, representación equitativa y otras reformas políticas, estaban, en opinión de Owen, perdiendo el tiempo. Mediante el establecimiento de comunidades cooperativas bajo el patrocinio de industriales ilustrados, los trabajadores del mundo lograrían «la emancipación de sus sufrimientos actuales por un camino mucho más corto y seguro que a través de la agitación política».

Marx, que había seguido de cerca la lucha cartista por la democracia en Gran Bretaña, rechazó estos socialismos antipolíticos y desarrolló un nuevo tipo de socialismo republicano (Leipold utiliza «socialismo» y «comunismo» indistintamente a lo largo del libro). «Una de las grandes contribuciones de Marx», sostiene Leipold, «fue situar la política (y especialmente la política democrática) en el corazón del socialismo». Esto en sí mismo no es una idea original: Michael Harrington, por ejemplo, argumentó en su libro Socialism [Socialismo] de 1972 que «lo que diferenciaba [a Marx y Engels] de todos los demás radicales de la época era su insistencia en el carácter democrático de la revolución venidera»1. Lo novedoso de Citizen Marx es que Leipold documenta este compromiso político de manera concluyente, a través de una investigación exhaustiva de la fructífera vinculación de Marx con la tradición republicana.

Los pensadores y agitadores con los que Marx lidió querían derrocar a los regímenes autocráticos y establecer nuevas repúblicas que garantizaran iguales derechos civiles y políticos para todos. También reconocían que tales derechos no podían garantizarse sin un sistema económico que contrarrestara la desigualdad social e impidiera que los ciudadanos cayeran en un estado de dependencia material de los empleadores. Para los republicanos radicales como Félicité de Lamennais y William James Linton, la libertad significaba la ausencia de poder arbitrario; en palabras de Leipold, un estado de «no estar sujeto a la voluntad de otro y, en cambio, tener control democrático sobre las leyes a las que uno estaba sujeto». La concepción republicana de la libertad no aspira meramente a la no interferencia, sino a la no dominación; la dominación existe incluso donde los amos tratan a sus súbditos con liberalidad y amabilidad. Lamennais, Linton y otros republicanos del siglo xix expandieron las concepciones republicanas más antiguas y aristocráticas hacia abajo y hacia afuera, desde un rechazo del gobierno monárquico hasta un rechazo de la dependencia social de las mujeres y los trabajadores.

Esto suena mucho a socialismo. Pero los republicanos radicales no eran necesariamente socialistas. Querían una democracia de propiedad a pequeña escala ampliamente distribuida, y pensaban que la colectivización de la propiedad conduciría a un nuevo sistema de despotismo. Para Marx, el desarrollo capitalista moderno –con sus enormes empresas industriales y un creciente mercado mundial– había condenado a la extinción a esta visión esencialmente artesanal. La cuestión de la propiedad fue, por tanto, la principal línea divisoria entre republicanos y socialistas, y en retrospectiva, tanto Marx como sus interlocutores republicanos tenían razón. Marx tenía razón al insistir en que la expansión capitalista podía ayudar a sentar las bases de una sociedad libre e igualitaria, pero la experiencia comunista ha confirmado los temores republicanos sobre la colectivización total por parte del Estado.

La tradición social-republicana que Leipold desentierra no solo tiene un interés académico. Su énfasis en la libertad como un valor político cardinal, y en la lucha contra la dominación como un vínculo potencial entre diferentes movimientos emancipatorios, tiene una importancia práctica para construir coaliciones y alianzas desde la izquierda. También puede dar a los socialistas un contrapeso efectivo a las afirmaciones conservadoras de que cualquier tipo de socialismo es el camino a la servidumbre. A través de su insistencia en la libertad frente a todas las formas de dominación, incluida aquella ejercida por Estados represivos y antidemocráticos, el republicanismo puede ayudar al movimiento socialista a abordar algunos de sus puntos ciegos tradicionales y a llegar más allá de los ya convencidos.

Los liberales del siglo xix también querían derrocar a los regímenes despóticos y establecer derechos civiles y políticos básicos, pero no todos se sentían cómodos con la política de masas o con la participación de la clase trabajadora en los asuntos del Estado. Los liberales «creían en la importancia del gobierno representativo», escribe Leipold, «pero rechazaban extender el sufragio a todos, sosteniendo que la participación política debía limitarse a los capaces mediante requisitos de propiedad y educativos para votar». Si la cuestión de la propiedad separaba al republicanismo del socialismo, entonces la cuestión de la democracia era la línea divisoria entre el republicanismo y el liberalismo.Mientras que es verdad que muchos liberales se oponían a la democracia por motivos elitistas, la marcada distinción de Leipold entre liberalismo y democracia es demasiado categórica. Como nos recuerda Matthew McManus en The Political Theory of Liberal Socialism [La teoría política del socialismo liberal], «es más preciso hablar de liberalismos que de liberalismo». Incluso en el siglo xix, existieron liberalismos con afinidad por la democracia, e incluso por ciertas concepciones del socialismo.


McManus describe su libro como un ejercicio de «recuperación», un concepto tomado del teórico político canadiense C.B. Macpherson. En el resumen de McManus, la recuperación implica reconstruir «los compromisos éticos claves de una tradición que ha resultado ocluida, calcificada o pervertida en ideología con el paso del tiempo»; en este caso, la tradición del socialismo liberal. Al hacerlo, busca construir un canon de ideas y pensadores socialistas liberales que van desde John Stuart Mill, a mediados del siglo xix, hasta Charles W. Mills, Chantal Mouffe y Axel Honneth, en el siglo xxi McManus busca convencer al lector de que «la ideología liberal puede desprenderse del apoyo al capitalismo y que el socialismo puede hacerse conciliable con el liberalismo». Esto no es una tarea fácil, considerando que la propia palabra «liberal» se ha convertido en un término de desprecio multiuso en la izquierda actual. Los tipos de labor-liberals (laboristas liberales) a quienes Harrington una vez buscó atraer a un proyecto de reforma socialdemócrata hace tiempo que ya no existen. Para muchos socialistas más jóvenes, no es posible deletrear liberalismo sin el prefijo «neo». Para ellos, Barack Obama o Hillary Clinton son los liberales paradigmáticos, no Shirley Chisholm2 o Ted Kennedy. Sin embargo, lo admitan o no, incluso los socialistas más declaradamente antiliberales dan por sentados los predicados básicos del liberalismo, incluida la libertad de criticar públicamente al liberalismo. Por lo tanto, soy muy comprensivo con el objetivo de McManus, y su libro es un admirable primer paso hacia el desarrollo de una concepción distintiva del socialismo liberal. Sin embargo, hay lagunas notables en su canon y quedan en pie preguntas sobre cómo reconcilia el liberalismo y el socialismo.

Muchos marxistas y liberales postulan una relación orgánica entre el liberalismo y el capitalismo y niegan que el primero sea compatible con el socialismo. McManus busca refutar esta idea. Todos los liberales, sostiene, comparten un «compromiso con la igualdad normativa, o el igual valor, de todos los seres humanos y, relacionado con esto, su derecho fundamental a la igualdad de libertad (equal liberty) en la sociedad civil». Sin embargo, estos compromisos no son suficientes para pasar del liberalismo al socialismo. Para lograrlo, McManus introduce el republicanismo y la figura híbrida del «liberal republicano», que adopta los principios de solidaridad o fraternidad. Estos liberales republicanos parecen ser básicamente indistinguibles de los socialistas liberales, quienes también adoptan «el principio republicano de comunidad y solidaridad» y lo «extienden a la economía». El republicanismo, por tanto, desempeña un papel crucial, aunque no plenamente reconocido, en el marco de McManus: una especie de emulsionante que permite que los ingredientes potencialmente incompatibles del liberalismo y el socialismo se mezclen con éxito. Y hay similitudes recurrentes entre las elaboraciones del socialismo liberal de McManus y el republicanismo radical que Leipold examina en Citizen Marx.

«En términos generales», escribe McManus, «el socialismo liberal está comprometido con instituir una estructura social básica que asegure la emancipación igualitaria de todos los miembros de la sociedad como base para su prosperidad compartida a largo plazo. Las diversas teorías políticas del socialismo liberal intentan justificar y desarrollar este compromiso básico». Esto es bastante similar a la insistencia republicana en que la igualdad de derechos civiles y políticos no puede garantizarse sin un sistema económico complementario que contrarreste la desigualdad social y facilite la participación política popular. Según McManus, los socialistas liberales «destacan cómo las relaciones de poder impregnan muchas otras formas de relaciones humanas», incluidas la economía y la familia. Encontramos algo similar en Citizen Marx, donde Leipold describe la creencia del republicano radical William James Linton de que el matrimonio obligaba a las mujeres a «renunciar al derecho natural de soberanía y rebajarse a ser la propiedad y posesión de sus señores», y que las «amenazas de hambre como producto de un poder arbitrario» ponen a los trabajadores «bajo el poder de otra clase de hombres que disponen de ellos como mejor les parece».

Sin embargo, no queda claro en el libro de McManus si la búsqueda del socialismo liberal implica necesariamente la abolición de la propiedad privada, o algo menos que eso. Escribe, por ejemplo, que es una gran pregunta si una transición al socialismo liberal implicaría «una forma de socialismo de mercado caracterizado por cooperativas o una economía todavía nominalmente capitalista, pero orientada por empresas privadas fuertemente sindicalizadas cuya producción está determinada en gran medida por la inversión estatal». Un socialismo liberal no necesita adoptar una única perspectiva sobre cuestiones programáticas o institucionales para ser valioso. Pero esta cualidad algo indeterminada puede dificultar ver dónde comienza el socialismo liberal y dónde terminan el republicanismo o la socialdemocracia.

McManus examina con destreza a muchas figuras esenciales de un canon socialista liberal, incluyendo a Mill, Eduard Bernstein, Carlo Rosselli y John Rawls. Sin embargo, hay algunas omisiones notables, como J.A. Hobson, L.T. Hobhouse y otros defensores del Nuevo Liberalismo con conciencia social que surgió en Gran Bretaña y otros lugares a finales del siglo xix. En contraposición con el «viejo» liberalismo de laissez-faire de principios del siglo xix, estos liberales apoyaban la extensión de los derechos desde el ámbito político hacia la vida social y económica, y abogaban por una amplia redistribución para combatir la desigualdad rampante de la Gran Bretaña del cambio de siglo. Como señala Helena Rosenblatt en The Lost History of Liberalism [La historia perdida del liberalismo]3, «comenzaron a decir que a la gente se le debía conceder no solo libertad, sino las condiciones de la libertad». Esa posición llevó a Hobhouse a concluir que «el verdadero socialismo sirve para completar, más que para destruir, los principales ideales liberales». Mientras que el gobierno laborista de la posguerra construyó los principales pilares del Estado de bienestar británico, su arquitecto intelectual fue William Beveridge, un economista del Partido Liberal cuyo trabajo se centró en la seguridad social y el pleno empleo. John Maynard Keynes, a quien McManus incluye acertadamente en el canon socialista liberal, fue otro producto de este entorno, aunque McManus solo lo menciona de pasada. Una mayor atención al Nuevo Liberalismo no solo le habría dado al movimiento su merecido lugar en una «recuperación» socialista liberal; también podría haber ayudado a McManus a reducir su dependencia del republicanismo como término medio entre el liberalismo y el socialismo.

A pesar de estas reservas, McManus es digno de elogio por su trabajo en la reconstrucción de una tradición socialista liberal, y por contrarrestar la hostilidad hacia el liberalismo demasiado frecuente en la izquierda socialista. Su libro llega en un momento lamentablemente oportuno ante el giro autoritario del segundo gobierno de Trump, y nos recuerda que el liberalismo fue una vez una fe combativa cuyo legado radical vale la pena recuperar. Leipold y McManus también nos recuerdan lo intelectualmente fructífero y políticamente dinámico que puede ser poner las ideas socialistas en diálogo con otras tradiciones que comparten un interés en la emancipación humana y el desarrollo de nuestras capacidades individuales y colectivas. Esto siempre vale la pena hacerlo, pero especialmente en un momento en que todo lo que las personas democráticas y progresistas aprecian está bajo amenaza existencial. O permanecemos unidos o fracasaremos por separado4.

Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en Dissent, otoño 2025, con el título «Coalition Socialism». Traducción: Mariano Schuster.

  • 1.Harrington (1928-1989) fue escritor, activista y teórico, autor de The Other America [Los otros Estados Unidos] (1962). Fue uno de los fundadores de DSC [N. del E.].
  • 2.Sherley St. Hill Chisholm (1924-2005) fue una política, educadora y escritora estadounidense. En 1968 se convirtió en la primera mujer afroestadounidense elegida para el Congreso de EEUU.
  • 3.H. Rosenblatt: The Lost History of Liberalism: From Ancient Rome to the Twenty-First Century, Princeton UP, Princeton, 2018.
  • 4.Esta frase se atribuye tradicionalmente a Benjamin Franklin, quien la habría pronunciado en julio de 1776, durante la firma de la Declaración de Independencia de las Trece Colonias americanas contra el Reino Unido: «We must all hang together, or assuredly we shall all hang separately» [N. del E.].

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