Nadie se salva solo: articulaciones progresistas en el cambio de época

Nadie se salva solo: articulaciones progresistas en el cambio de época

En un contexto de auge de las extremas derechas –y de nuevas ambiciones recolonizadoras por parte de los Estados Unidos de Donald Trump–, el progresismo enfrenta el declive de sus propias instancias de articulación internacional, en medio de una crisis de los procesos de integración latinoamericana. ¿Es posible regenerar la energía que tuvieron los foros regionales del pasado reciente?

¿Integración o sálvese quien pueda?

Este artículo no iba a comenzar así. Sin embargo, los sucesos del pasado 3 de enero constituyen un punto de inflexión que no podemos ignorar. La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y la sustracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores desde el Fuerte Tiuna, en Caracas, para ser trasladados a Nueva York bajo cargos de «narcoterrorismo», retratan de forma cruda el momento que vive América Latina.

En primer lugar, estos hechos exponen el fracaso rotundo de la diplomacia regional. Tras años de negociaciones orientadas a que Venezuela pudiera resolver democráticamente su propio destino y salir de la crisis política, económica y social, la comunidad internacional se mostró impotente frente al fraude electoral que mantuvo a Nicolás Maduro en el poder. Esa incapacidad institucional y diplomática creó el vacío que hoy llena la fuerza bruta. 

En segundo lugar, los sucesos de enero dejan al descubierto los intereses reales de eeuu al ejecutar una operación que vulnera tanto el derecho internacional como su propia Constitución. A diferencia de tiempos pretéritos, esta vez no hubo intermediarios ni ambigüedades: fueron el propio Donald Trump, junto con el secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, quienes reconocieron públicamente, en una conferencia de prensa en Mar-a-Lago, que eeuu gobernará Venezuela hasta concretar una transición. Lo explícito de los objetivos –el control de la infraestructura petrolera por empresas estadounidenses, la compensación por el «petróleo robado» y la referencia textual al resto del continente como «patio trasero»– remite a una lógica imperialista que parece sacada de una ficción conspiranoica. Pero como remarca Pablo Stefanoni, «el desprestigio de Maduro es tan grande que ha paralizado en todos lados las acciones contra la más grave, e impune, intervención imperialista de los últimos tiempos»1.

En tercer lugar, este episodio no constituye un hecho aislado. Se inscribe en una secuencia de acciones coherentes con la actualización explícita de la Doctrina Monroe presentada en diciembre de 20252. Durante su mandato, Trump ha operado bajo una lógica de premios y castigos que recuerda al «gran garrote» de Theodore Roosevelt: desde el salvataje económico en Argentina, condicionado a resultados favorables para Javier Milei en las elecciones de medio término, hasta el indulto al ex-presidente hondureño Juan Orlando Hernández –condenado en eeuu por narcotráfico– a días de las elecciones, pasando por la injerencia en el sistema judicial brasileño por la condena a Jair Bolsonaro o las últimas provocaciones contra el presidente Gustavo Petro y la presidenta Claudia Sheinbaum, todas estas acciones son parte de la misma estrategia. La advertencia de Hegseth respecto de la eficacia de sus Fuerzas Armadas no deja lugar a dudas o interpretaciones: «eeuu puede proyectar su voluntad en cualquier lugar y en cualquier momento».

Como último elemento, por cierto, está el hecho de que este debate sobre soberanía y derecho internacional contrasta de manera frontal con los festejos de la diáspora venezolana en distintos rincones del mundo, que traumada por la experiencia de la última década en su país pareciera abrazar sin muchas condiciones la tutela extranjera por sobre una dictadura local. Esta tensión constituye un gran dilema regional y debe ser parte de los desafíos si queremos abordar de forma integral el proyecto de integración latinoamericana.

El diagnóstico estructural: el Sur global y la periferia

Este escenario no resulta tan sorpresivo visto desde la perspectiva que la sociología latinoamericana denominó de centro-periferia. La posición periférica es un rasgo estructural de una economía mundial jerarquizada que, sumada a la lógica del «divide y vencerás», hace que todos los países latinoamericanos queden expuestos a decisiones de las grandes potencias. Cuando un Estado ya no tiene verdadera libertad para definir su rumbo sin enfrentar presiones externas decisivas, la noción misma de soberanía se convierte en una cáscara vacía. Como en su momento señaló la teoría de la dependencia, es en ese vacío donde el imperialismo adquiere un papel protagónico. Y dado que el aislamiento, como fórmula, no basta para enfrentar la subordinación, no queda más que la acción colectiva. La vieja enseñanza de que «la unión hace la fuerza» se aplica particularmente en este contexto, aunque suena muchísimo más fácil escribirlo que practicarlo. Pero en esta materia debemos aprender de la historia: no se trata solo de afinidad ideológica de los países, sino de tener una mínima racionalidad de bloque.

Añadir una capa más de exigencia al debate público, y encima respecto a algo que suena tan abstracto como la integración latinoamericana, es algo que en el contexto de policrisis, interregno o, como lo denomina Álvaro García Linera, tiempo liminal, parece imposible3. Pero la paradoja es que son precisamente esos factores los que le imprimen urgencia a pensar en el bienestar colectivo de mediano y largo plazo. Tenemos que lograr abrir un debate que permita confrontar los beneficios de la integración regional con los costos de su omisión, ya que en un contexto geopolítico como el que observamos, nadie se salva solo.

Patria Grande y pragmatismo regional

No es casual que los primeros proyectos de unidad surgieran con las independencias de las naciones latinoamericanas. Francisco de Miranda y Simón Bolívar no eran románticos abstractos; eran políticos y militares con ideales y con sentido de la oportunidad política, pero también eran pragmáticos. Comprendieron que la libertad sería frágil si los nuevos Estados permanecían fragmentados. La idea de la Patria Grande también contenía un cálculo geopolítico elemental: la unidad ampliaba las posibilidades de desarrollo y reducía la vulnerabilidad. El fracaso de los objetivos del Congreso de Panamá hace 200 años dio paso a que en 1890 eeuu convocara, desde un proyecto ya influenciado por la Doctrina Monroe, a la Primera Conferencia Panamericana, que sentaría las bases para la futura formación de la Organización de Estados Americanos (oea). Desde entonces ha habido múltiples intentos de forjar unidad entre países latinoamericanos y del Caribe; sin embargo, ninguno ha logrado establecer niveles de coordinación multilateral duraderos.

No ha sido el único continente que lo ha intentado. A menudo miramos hacia Europa y su proceso de integración con una mezcla contradictoria de admiración, distancia y escepticismo. Sin embargo, su mayor enseñanza es el pragmatismo. Europa no se integró por alineamiento ideológico, sino como respuesta política al trauma de dos guerras mundiales. Países con múltiples idiomas y memorias enfrentadas en conflictos bélicos aceptaron coordinarse para ganar escala como continente. Esta integración no eliminó las diferencias, ni las identidades, ni los conflictos entre países, pero estableció un marco común para gestionarlos sin romper el proyecto colectivo. Desde entonces, la integración se tradujo en beneficios tangibles para millones de europeos.

La comparación resulta inevitable. Si consideramos en conjunto América Latina y el Caribe, estamos hablando de una población que supera los 660 millones de habitantes y de un pib agregado por sobre los 7 billones de dólares, una magnitud que situaría a la región entre las economías más relevantes del mundo si actuara como bloque. Sin embargo, ese potencial se diluye en la fragmentación: mientras el comercio intrarregional no alcanza 20% del total, en la Unión Europea bordea el 60%, una brecha que da cuenta de la enorme oportunidad desaprovechada para los sectores productivos regionales.

¿Qué puede cambiar con la integración?

América Latina y el Caribe tienen hoy mucho más en común de lo que tenía Europa cuando decidió integrarse. A partir de esa base, y solo tomando la dimensión utilitaria, la región podría identificar áreas concretas en las que la coordinación permitiría mejores resultados que la fragmentación: hablamos de asuntos prácticos como la soberanía sanitaria, la infraestructura estratégica, los mecanismos de seguridad transnacional, la gestión de los flujos migratorios, el poder de negociación colectivo sobre recursos estratégicos, la cooperación científica y educativa, el fortalecimiento del comercio regional y posibles pisos regulatorios comunes, evitando las presiones para competir por peores condiciones laborales, ambientales o tributarias que los vecinos. Varios de estos temas han sido abordados por los diversos organismos multilaterales que se han creado –y disuelto– hasta la fecha, pero siguen siendo volátiles y dependen de la prioridad y continuidad que les otorgue cada gobierno de turno.

En un mundo que vuelve a organizarse desde la fuerza y la imposición, además de apelar al derecho internacional y al multilateralismo como formas de resolver los conflictos, la integración regional aparece como una estrategia pragmática para ampliar los márgenes de autonomía regional. Volver sobre esta idea no es un ejercicio de nostalgia, sino de urgencia política. ¿Cómo pueden los países latinoamericanos defender, de otra manera, la posibilidad de decidir su propio destino? ¿De qué forma pueden las organizaciones progresistas o de izquierdas en la región articularse y sumar fuerzas para que la integración regional sea vista como una prioridad en cada uno de nuestros países, y no una pérdida de tiempo? ¿Qué aprendizajes podemos sacar de las experiencias pasadas?

Nadie se salva solo

Identificar tensiones y producir nuevas elaboraciones en torno de aquello que, bajo la etiqueta de «socialismo del siglo xxi», las derechas suelen reducir a caricatura, no es un ejercicio nostálgico ni defensivo. Es, en el contexto actual, una necesidad política concreta. Frente a un mundo que vuelve a ordenarse por la fuerza, y a una región expuesta a la injerencia externa, el problema central no es solo qué modelo se defiende, sino cómo se construye capacidad colectiva para sostenerlo.

En este sentido, resulta necesario profundizar en dos niveles de desafíos que enfrentan hoy las izquierdas latinoamericanas. En primer lugar, los vinculados a las ideas progresistas: cómo construir modelos capaces de ser soberanos y justos, que efectivamente redistribuyan; cómo repensar qué significa ser de izquierda democrática en América Latina; qué objetivos perseguimos y qué disputas de sentido común damos más allá del ejercicio del gobierno; y qué objetivos comunes estamos dispuestos a poner a disposición de una izquierda de alcance global.

En un segundo nivel, aparece el debate sobre los sujetos políticos que necesitamos ser para aportar, desde cada país y desde cada trayectoria, a la integración política de los Estados, incluso en los gobernados por la derecha. Esto implica preguntarse cómo avanzar colectivamente en una lógica de cesión de poder nacional en función de un objetivo superior: la construcción de una unidad política entre Estados que permita impulsar modelos de desarrollo convergentes, capaces de integrar tensiones y desafíos propios, y de fortalecer nuestra capacidad común de negociación en un escenario internacional crecientemente adverso.

Si la entropía indica que todo sistema que se rompe se desordena y cuesta volver a organizar, también es cierto –como recuerda Jorge Drexler– que «nada se pierde, todo se transforma». Revisar lo que nos trajo hasta aquí no implica volver atrás, sino asumir con responsabilidad histórica que, ante el avance de proyectos autoritarios y neocoloniales en la región, la colaboración deja de ser una opción moral para convertirse en una condición de supervivencia política. Para ello, nos proponemos recorrer el camino de las ideas, situándolas en los tiempos y espacios en los que, en los últimos años, se han elaborado y puesto en diálogo propuestas globales y locales en torno de una democracia progresista en la región.

El pensamiento progresista latinoamericano

Para pensar el recorrido de las ideas, resulta necesario analizar la intersección entre los espacios del progresismo global y las formas propias de elaboración política latinoamericana.

El trayecto de transformación de la escena política de las izquierdas a escala mundial atravesó diversas etapas a lo largo del siglo xx. Marcar un punto de inicio resulta siempre un ejercicio arbitrario; sin embargo, la izquierda desde su origen es, en esencia, internacionalista. Las internacionales comunistas y socialistas conformaron una primera arquitectura del internacionalismo político, institucionalizada y anclada en contextos europeos, que asumían que las ideas políticas no emergen de manera espontánea, sino que requieren marcos organizativos, tiempo histórico y espacios compartidos para desarrollarse.

En esa primera arquitectura del internacionalismo se inscriben la Internacional Socialista, creada en 1951 como referencia central de la socialdemocracia, y, más recientemente, la Alianza Progresista, surgida en 2013 como propuesta de aggiornamento organizativo impulsado principalmente por la socialdemocracia alemana. Ambas experiencias evidencian los límites de las arquitecturas partidarias globales tradicionales: su débil anclaje en América Latina, las tensiones derivadas de la heterogeneidad regional y, sobre todo, el dilema persistente de las pertenencias, quiénes ingresan, quiénes quedan fuera y bajo qué criterios ético-políticos (esto es muy relevante cuando vemos partidos que ejercían o ejercen gobiernos no democráticos en esas organizaciones). Integradas casi exclusivamente por estructuras partidarias y con escasa incorporación de movimientos sociales o liderazgos no partidarios, estas redes funcionaron más como antecedentes inspiradores que como espacios capaces de dialogar plenamente con las transformaciones del progresismo latinoamericano, aunque dejaron aprendizajes relevantes en materia de coordinación internacional, deliberación política y construcción de consensos que influirían en experiencias posteriores.

América Latina, sin embargo, no se limitó a reproducir estas trayectorias. A comienzos de la década de 1990, el surgimiento del Foro de San Pablo marcó un hito fundante en la construcción de una institucionalidad política regional propia. Impulsado por Luiz Inácio Lula da Silva y Fidel Castro, el Foro reunió a una pluralidad inédita de fuerzas –partidos comunistas, frentes de liberación y partidos socialdemócratas– y se consolidó como un espacio sostenido de intercambio estratégico, síntesis política y aprendizaje colectivo. Su carácter amplio y flexible lo convirtió, a la vez, en uno de los dispositivos más cuestionados por las derechas regionales, precisamente por su capacidad de articular diferencias y sostener debates prolongados en el tiempo.

Más allá de las críticas a su rol en la última década, se podría argumentar que el Foro de San Pablo fue central, a finales del siglo xx, en la elaboración de marcos comunes de interpretación, agendas y sentidos compartidos que permitieron a las izquierdas disputar el gobierno en distintos países de la región. No se trató únicamente de coordinación política coyuntural, sino de un espacio donde las ideas pudieron circular, tensionarse y madurar colectivamente. Esa acumulación de pensamiento estratégico resultó clave para la capacidad de los proyectos progresistas de delinear estrategias nacionales propias, ganar elecciones y sostenerse en el gobierno, aun en contextos profundamente heterogéneos4.

Con el avance del siglo xxi y la llegada de numerosas fuerzas progresistas al gobierno, emergieron nuevas tensiones. El ejercicio del poder estatal, el impacto de los movimientos feministas y ambientalistas, y el debate sobre los centros reales de poder pusieron en cuestión las formas tradicionales de organización partidaria. En ese escenario, el Grupo de Puebla, surgido en 2019, se configuró como una respuesta política frente al interregno conservador, el lawfare y la articulación de las derechas de entonces en torno del Grupo de Lima. A diferencia del Foro de San Pablo, el Grupo de Puebla se constituyó como una red de personas, que incorporó liderazgos políticos, parlamentarios e intelectuales y amplió las agendas del progresismo regional. Su lógica responde menos a la construcción orgánica y más a la necesidad de articulación política frente a coyunturas críticas.

En una lógica distinta, pero complementaria, desde comienzos de los años 2000 funciona el Foro Progresista de Partidos Políticos, impulsado por la Fundación Friedrich Ebert (fes). Este espacio operó como un laboratorio político regional: un ámbito menos visible, pero fundamental para pensar los dilemas del ejercicio del gobierno, las tensiones entre gestión y proyecto y los desafíos de la organización partidaria, incluso –y especialmente– en contextos de derrota electoral o repliegue opositor. Su continuidad en el tiempo permitió sostener debates estratégicos cuando otras redes se debilitaban, evidenciando nuevamente la importancia del tiempo político en la construcción de pensamiento colectivo.

En una escala distinta, el Congreso Panamericano de Parlamentarios, en sus dos años de funcionamiento, está ampliando el horizonte de la integración del amplio arco progresista hacia una dimensión hemisférica. Al incorporar a parlamentarios de América Latina, el Caribe, eeuu y Canadá, introdujo un desplazamiento relevante respecto de las experiencias tradicionales de articulación Sur-Sur. Su apuesta combina una dimensión institucional con una dimensión política: generar lenguajes comunes, identificar agendas compartidas y construir confianza entre actores que operan en sistemas políticos diversos, entendiendo que la integración también se produce en el terreno de la práctica legislativa.

A estas experiencias se suman las redes generacionales, que cumplen una función estratégica en la renovación del progresismo. La Red Futuro es un ejemplo de ello. Concebida como un espacio de articulación de liderazgos jóvenes, reúne a dirigentes que participan en gobiernos progresistas, parlamentos u otras redes regionales. Su especificidad radica en la combinación entre formación política, intercambio de experiencias de gestión y construcción de vínculos duraderos, elementos indispensables para sostener proyectos de largo aliento y para que las ideas no se agoten en una sola generación.

En confluencia con los avances regionales, el progresismo comenzó a ensayar articulaciones de alcance global. En 2019, la Internacional Progresista representó un salto de escala en la integración política al proponer un internacionalismo que articula partidos, movimientos sociales y organizaciones sindicales. Con líderes como Bernie Sanders y Yanis Varoufakis, esta red puso en el centro la necesidad de construir infraestructura política transnacional, entendiendo que las ideas progresistas, para incidir en un mundo globalizado, requieren espacios estables de coordinación más allá de los Estados-nación.

Finalmente, la cumbre Democracia Siempre, celebrada por primera vez en julio de 2025 en Santiago de Chile, expresa una modalidad distinta de articulación progresista. A diferencia de las redes partidarias o de pensamiento, se trata de una iniciativa impulsada desde los Estados, orientada a responder de manera coordinada al deterioro democrático, el avance autoritario y la desinformación. Su relevancia radica en que recupera la dimensión estatal de la integración sin renunciar al diálogo con la sociedad civil, la academia y los organismos internacionales, reafirmando que la democracia también necesita espacios de deliberación sostenidos para defenderse y proyectarse.

En conjunto, estas experiencias muestran que la integración progresista no adopta una forma única ni responde a un modelo homogéneo. Se configura, más bien, como una ecología de espacios –partidarios, personales, estatales, parlamentarios y generacionales– que cumplen funciones distintas, pero complementarias. Todas ellas comparten la premisa de que las ideas políticas no surgen ni se consolidan en el vacío. Requieren tiempo, espacios de encuentro, debates sostenidos y marcos colectivos que permitan que las diferencias se procesen y que los proyectos se construyan más allá de la coyuntura. En un contexto regional e internacional crecientemente adverso, esta acumulación paciente de pensamiento colectivo constituye, quizás, una de las principales fortalezas del progresismo contemporáneo. Incluso más cuando la época exige premura.

Desafíos de la integración progresista

Las organizaciones y redes progresistas enfrentan distintos niveles de desafíos. Aquí nos detendremos en algunos de ellos, tanto organizativos, vinculados a las formas de funcionamiento y de articulación, como aquellos relacionados con la producción y la puesta en discusión de nuevas ideas que el presente exige problematizar. 

En primer lugar, aparece el dilema que plantean los partidos que, una vez en el gobierno, implementan políticas que no siempre resultan coherentes con los valores y principios compartidos en el marco de la red. Esto no solo ocurre cuando se alejan de agendas progresistas, sino también –y de manera más preocupante– cuando dejan de sostener estándares democráticos básicos. Como se señaló al inicio, el caso venezolano ocupa un lugar central en este debate. Mientras una parte de los partidos y organizaciones acompañaron el avance del proyecto bolivariano, otros comenzaron a cuestionar el deterioro democrático que derivó en el mayor flujo migratorio intrarregional de América Latina. Qué decir, o no decir, sobre Venezuela se transformó así en un punto crítico en campañas electorales, en la legitimidad de los liderazgos progresistas y, en muchos casos, en un límite concreto que impidió a distintos actores sentarse en una misma mesa.

En segundo lugar, las redes conformadas por personas enfrentan tensiones propias de la relación entre el poder político que los integrantes detentan en sus países y el peso relativo que adquieren dentro de los espacios regionales o transnacionales. El conflicto suele emerger cuando esas asimetrías nacionales se proyectan sobre las dinámicas internas de las redes. Esta tensión entre partidos y liderazgos constituye un problema clásico de la política y remite a debates persistentes sobre los centros reales del poder. Un ejemplo reciente es el caso de Bolivia: la crisis interna del Movimiento al Socialismo (mas) y el conflicto entre Luis Arce y Evo Morales trascendieron rápidamente la escala nacional y tuvieron impacto directo en los espacios progresistas regionales, trasladando disputas locales a ámbitos de articulación más amplios.

En una tercera escala aparece el desafío de la representatividad. Pensar la política exclusivamente entre actores políticos institucionalizados abre interrogantes sobre la capacidad real de los partidos para expresar las demandas sociales y para construir pensamiento político común junto con otros actores relevantes, como la sociedad civil, la academia o el movimiento sindical. En este escenario, tanto los partidos emergentes como las estructuras tradicionales de la izquierda, así como los movimientos populares, enfrentan desafíos comunes de reconocimiento mutuo, articulación y construcción de agendas que no se agoten en la lógica electoral.

Finalmente, emerge el desafío de la legitimidad pública. En un escenario de alta polarización, los espacios de encuentro progresista son frecuentemente presentados por las derechas como ámbitos opacos, conspirativos o ajenos a la voluntad popular. Disputar ese sentido común implica no solo defender su legitimidad democrática, sino también construir formas de comunicación y de apertura que los anclen en las preocupaciones concretas de las sociedades. A ello se suma el desafío de la traducción política: convertir el pensamiento compartido, los consensos estratégicos y las elaboraciones colectivas en políticas públicas concretas sigue siendo uno de los nudos más complejos de la acción progresista. Mientras las redes piensan en horizontes de mediano y largo plazo, la competencia electoral impone urgencias y respuestas inmediatas, generando tensiones permanentes entre estrategia y coyuntura.

No obstante, resta plantear dos puntos centrales sobre el debate de las ideas. García Linera sostiene que si bien la experiencia progresista latinoamericana mostró avances sustantivos en reducción de la pobreza, ampliación de derechos y construcción de soberanía, también dejó al descubierto límites estructurales que hoy se vuelven lecciones estratégicas: la dificultad para garantizar la sostenibilidad económica de los procesos de transformación; la fragilidad de las disputas por el sentido común frente a la persistencia de matrices culturales conservadoras; y la tensión no resuelta entre crecimiento económico y límites ecológicos5. A ello se suma un desafío político de fondo: reconstruir bloques sociales amplios, plurales y duraderos, capaces de articular Estado, movimientos sociales y ciudadanía en un tiempo marcado por la fragmentación, la desinformación y el avance de derechas que ya no ofrecen proyectos de futuro, sino políticas de exclusión y resentimiento. La cultura y las formas de acción como el eje de la disputa por la hegemonía de las ideas.

Por otro lado, surge el problema de los límites materiales del modelo de desarrollo posible en la época. Como advierten José Miguel Ahumada y Ha-Joon Chang, mientras las potencias centrales reactivan políticas industriales, subsidios estratégicos y proteccionismo tecnológico, el Sur global continúa operando bajo reglas comerciales, financieras y de propiedad intelectual que limitan severamente su margen de acción6. Para la región, el desafío no es solo revertir la reprimarización o crecer más, sino construir capacidades productivas propias, disputar acceso al conocimiento, gestionar recursos estratégicos y evitar que la transición digital y ecológica profundice nuevas dependencias. Esto exige políticas industriales activas, coordinación regional para ganar escala y una acción colectiva capaz de negociar reglas diferenciadas en comercio, tecnología y financiamiento. Sin integración regional, estos objetivos resultan inalcanzables; sin una estrategia común, la región corre el riesgo de quedar atrapada, una vez más, en un lugar subordinado del nuevo orden económico global.

¿Quién dijo que todo está perdido?

Escribimos este artículo en un momento excepcional. eeuu invade militarmente Venezuela, tras más de tres décadas sin intervenciones directas de este tipo en la región, y la integración latinoamericana aparece lejana, debilitada y casi fuera de agenda. Más allá de las valoraciones ideológicas sobre cada gobierno, el escenario regional muestra una fragmentación profunda.

En este contexto histórico, nos importa detenernos a hablar de nosotros: de lo que somos y, sobre todo, de lo que no hemos sido capaces de construir. Abundan los diagnósticos sobre América Latina, en particular aquellos que explican el avance de las derechas. Mucho menos frecuentes son los ejercicios de reflexión crítica sobre las responsabilidades, límites y dilemas del progresismo regional. La región está atravesada por una tensión geopolítica creciente que se expresa en palabras de Daniela Pastrana como un verdadero «duelo de titanes»7. El avance explícito de eeuu, articulado alrededor de discursos sobre seguridad, control de recursos energéticos y recomposición del poder hemisférico, convive con el interés cada vez más estructural de China, que, sin intervención militar ni injerencia política, despliega una estrategia sostenida basada en la construcción de infraestructura, financiamiento e impulso al comercio y la cooperación tecnológica en múltiples países del continente.

A diferencia del vínculo histórico con eeuu, la presencia china se organiza a partir de una lógica pragmática de largo plazo, que reconfigura silenciosamente las dependencias económicas y las capacidades estatales, al tiempo que amplía los márgenes de maniobra de los gobiernos latinoamericanos. En paralelo, una Europa desorientada y atravesada por una profunda crisis de sentido observa desde la distancia, mientras la integración africana también se encuentra en disputa frente a su propia agenda de poder. En este escenario de competencia por el Sur global, América Latina enfrenta una pregunta decisiva: cómo posicionarse frente a esta disputa sin quedar atrapada en una lógica de alineamientos automáticos, sin perder autonomía estratégica y sin diluir la posibilidad de una soberanía colectiva construida desde la integración regional.

Nos preguntamos cuál es hoy la capacidad real de los progresismos para impulsar mecanismos de integración regional entre Estados, incluso en contextos políticos adversos, como los liderados por José Antonio Kast, Javier Milei o Nayib Bukele, y en un clima de persecución política y de relanzamiento de discursos orientados a combatir todo lo que huela «zurdo». Así las cosas, la integración requiere algo más que acuerdos entre nosotros. Requiere, a su vez, construir sujetos políticos latinoamericanos. Sujetos diversos, discrepantes, sujetos de izquierda y de derecha, que reflejen las diversidades políticas, étnicas, lingüísticas y culturales. Como señaló José Mujica, implica construir un «nosotros»: un nosotros regional, capaz de reconocer los problemas de la región como problemas propios. En este punto, es necesario asumir una autocrítica: la primera ola progresista no logró una integración efectiva desde los gobiernos ni consolidó un proyecto latinoamericanista sostenible. También debemos hacernos cargo del avance de la polarización política que hoy atraviesa el continente.

En América Latina conviven múltiples identidades políticas, y quienes somos de izquierda seguiremos disputando nuestras ideas. Pero el desafío es otro: en cada país, en cada espacio, sembrar las condiciones para hacer una pausa en la polarización y proponer la integración latinoamericana como una salida transversal al desgaste permanente del conflicto. El juego del gato y el ratón ya no nos sirve.

La integración exige ceder poder, relocalizar recursos económicos y reformular la manera de entender las ganancias propias. No queremos sonar ingenuos. Escribimos desde la convicción de que este momento histórico exige sujetos políticos capaces de trabajar más y mejor, de priorizar lo importante y de construir colectivamente.

Este tiempo demanda grandeza política. Demanda tender puentes. Demanda que América Latina vuelva a ser capaz de marcar un camino de construcción colectiva para imaginar un mundo nuevo.

  • 1.P. Stefanoni: «¿Un Muro de Berlín para la izquierda latinoamericana?» en El País, 6/1/2026.
  • 2.Reginaldo Nasser: «La Doctrina Monroe, 200 años después» en Nueva Sociedad No 308, 11-12/2023, disponible en nuso.org.
  • 3.Á. García Linera: «¿Policrisis? ¿Interregno? ¿Tiempo liminal?» en Diario Red, 21/12/2025.
  • 4.Ruslán Kostiuk: «Izquierda en América Latina. Foro de São Paulo: internacional unida de izquierda del siglo XXI» en Iberoamérica No 4, 2019.
  • 5.Á. García Linera: «El futuro de la izquierda y la dignidad humana» en Daniel Filmus y Lucila Rosso (eds.): Las sendas abiertas en América Latina. Aprendizajes y desafíos para una nueva agenda de transformaciones, Clacso, Buenos Aires, 2019.
  • 6.J. M. Ahumada y Ha-Joon Chang: A New International Economic Order for the Twenty-First Century: An Agenda for Industrial and Trade Policy, Oxford UP, Oxford, 2025.
  • 7.D. Pastrana: «Duelo de titanes en América Latina y el Caribe» en Diario Red, 15/2/2025.

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