

03/08/2025
En «Las pequeñas virtudes», de Natalia Ginzburg, el ensayo que da nombre a la propia obra gira en torno a los diferentes tipos de virtudes (las pequeñas y las grandes), en cómo nos afanamos en enseñar las pequeñas virtudes como algo esencial, dejando de lado las grandes, las verdaderas. Coincido completamente con la idea de que la vocación es un motor en sí mismo y no un medio para la obtención de algo (o como se diría en un tono coloquial: un medio con el que «ganarse la vida»), por más que al mismo tiempo lo sea. La autora nos dice que «una vocación, una pasión ardiente y exclusiva por algo que no tenga nada que ver con el dinero, la conciencia de poder hacer algo mejor que los demás, y amar ese algo por encima de todo, es la única posibilidad (…). El niño no se fijará siquiera en la ropa que lleva, en las costumbres que lo rodean, y el día de mañana será capaz de cualquier privación, porque en él la única hambre y la única sed serán su pasión misma, que habrá devorado todo lo que es fútil y provisional, que lo habrá privado de toda costumbre o actitud adquirida en la infancia, y reinará sola sobre su espíritu. La única verdadera salud y riqueza del hombre es una vocación».1
En la obra «Como una novela», de Daniel Pennac, el autor se lanza con entusiasmo a reivindicar la lectura en la adolescencia, no solo como algo importante en la vida, sino como algo lúdico y placentero. Podemos encontrar una afirmación similar en torno a la vocación, aunque desde otro contexto:
«Que el colegial, de vez en cuando, encuentre un profesor cuyo entusiasmo parece considerar las matemáticas en sí mismas, que las enseñe como una de las Bellas Artes, que haga que se las ame por la virtud de su propia vitalidad, y gracias al cual el esfuerzo se convierta en placer, depende del azar del encuentro, no del talante de la Institución.
Lo típico de los seres vivos es hacer amar la vida, incluso bajo la forma de una ecuación de segundo grado, pero la vitalidad jamás ha estado inscrita en el programa de las escuelas».2
Comprobar esta afirmación dentro de una institución como la educación es posible, basta con recordar los años de formación. Creo que todos hemos sido testigos de profesores apáticos y cansados de la vida, que convertían las horas de clase en largas letanías que parecían extenderse indefinidamente. Con bastante suerte, también se ha podido experimentar el caso contrario: profesores apasionados, que contagian su entusiasmo hacia la asignatura que imparten y que, gracias a esto, son capaces de sacar lo mejor de cada alumno. En este aspecto, siempre es entrañable recordar a aquel profesor Germain que, siendo Albert Camus un niño, logró que este continuara estudiando, preparándolo para obtener una beca del liceo Bugeaud de Argel (siendo niño, Camus quedó huérfano de padre tras el fallecimiento de este durante la primera guerra mundial, y convivía con su madre y su abuela en un hogar extremadamente pobre). Un profesor que, con toda su vocación, otorgó ese amor a la vida y esa pasión a un joven Albert que pudo desarrollar todo su talento. Con la obtención del premio Nobel como reconocimiento a su trayectoria, aprovechó la ocasión para dedicar el discurso a su profesor y enviarle la siguiente carta:
«Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido».3
No es frecuente que un profesor, a lo largo de toda su carrera, vaya a tener alumnos excepcionales a los que impartir sus conocimientos, pero sin duda, es muy poco probable que un alumno vaya a tener un solo profesor excepcional en todos sus años de formación. En mis años de formación no he hallado alguno al que resaltar, sin embargo, ahora que soy padre, me toca vivir la experiencia desde otra perspectiva, y en el caso de mi hija, sí que me he encontrado con alguna persona excepcional, cuya vocación es la educación. Es una suerte por la que me siento afortunado.
La vida es un camino que va del nacimiento a la muerte, y vivir por un motivo, tener una pasión vehemente hacia algo, engrandece la vida. En cierto modo, esa vocación a la que se vuelca todo el empeño y un considerable derroche de energía, no solo da sentido a la existencia de forma individual, sino que, además, es contagiosa y de algún modo, esa vitalidad se esparce y extiende hacia los demás. Ginzburg lo sintetiza genialmente en unas pocas palabras: «porque el amor a la vida genera amor a la vida» .4
1- Ginzburg N. (2021). «Las pequeñas virtudes», Acantilado. Pág. 161.
2- Pennac D. (2019). «Como una novela», Anagrama. Pág. 89.
3- Camus A. Como se cita en «Clásicos para la vida», Ordine N. (2023), Acantilado. Pág. 19.
3- Ginzburg N. (2021). Ídem. Pág. 164.
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