Estados Unidos atraviesa una crisis no solo política, sino espiritual, el último capítulo de una larga lucha por definir qué tipo de país quiere ser. El trumpismo, pese a los profundos retrocesos que produjo, no ha podido borrar a ese «otro país», como lo llamó James Baldwin, que desde el jazz hasta los movimientos por los derechos civiles se puede rastrear en la búsqueda de igualdad y libertad. Y que se resiste a ser absorbido por su contracara más sombría
«La mera palabra ‘América’ sigue siendo un nombre propio nuevo, casi por completo carente de definición, y materia de controversia», escribió James Baldwin en 1959. «No parece que nadie en el mundo sepa exactamente lo que designa, ni siquiera los abigarrados millones que nos llamamos americanos»1. ¿Es un sueño o una pesadilla, un paraíso democrático o un bastión del supremacismo blanco y la intolerancia religiosa? ¿Es un territorio geográfico o una hiperrealidad fantasmagórica en el sentido de Baudrillard: algo que es más real que lo real, una sala de espejos donde se diluye la separación entre el mundo y sus representaciones? ¿O tal vez todo eso junto?
La «rica confusión» de la identidad estadounidense, como dijo Baldwin, ha dado lugar a infinitos intentos de definición por parte de observadores extranjeros y locales. El crítico francés Serge Daney, quien amaba el cine de Estados Unidos tanto como despreciaba su imperialismo, lo llamó «el lugar que permite soñar, pero también el rincón de la realidad contra el que se estrellan los sueños». Octavio Paz, evocando la escala inmensa del país, lo describió como «geografía, espacio puro, abierto a la acción humana». Según las palabras del cineasta francés Jean-Pierre Melville, «eeuu es lo sublime y lo abominable».
Las voces críticas del racismo, la desigualdad de clases y la política exterior estadounidense han tendido a centrarse en lo abominable. En 1961, Frantz Fanon escribió: «Hace dos siglos, una antigua colonia europea decidió imitar a Europa. Lo logró hasta tal punto que Estados Unidos de América se ha convertido en un monstruo donde las taras, las enfermedades y la inhumanidad de Europa han alcanzado terribles dimensiones»2. George Kennan, el menos sentimental de los diplomáticos estadounidenses, se hizo eco de Fanon y describió su propio país como «un monstruo prehistórico» con un «cerebro del tamaño de un alfiler». Pero incluso Fanon, que lo veía como un «país de linchadores», recurrió a él para inspirarse y apoyarse en el trabajo de escritores negros como Richard Wright y Chester Himes. eeuu es un «campo de batalla», escribió Simone de Beauvoir, «y solo puedes apasionarte por la batalla que libra consigo mismo, cuya apuesta rechaza toda medida»3.
Desde aquel momento en que Beauvoir realizó esta observación en 1947, al comienzo de la Guerra Fría, ha habido una batalla tras otra, tanto dentro del propio eeuu como acerca de la idea de eeuu y de su rol en el mundo. Bajo la actual conducción –si esa es la palabra– de un inmaduro que aspira a ser rey mientras el futuro se forja en Shanghái y Beijing, quizás eeuu ya no sea un país serio. Quizás hasta sea uno ridículo. Sin embargo, como señala el historiador y diplomático sueco Anders Stephanson en su libro American Imperatives: The Cold War and Other Matters [Imperativos americanos. La Guerra Fría y otras cuestiones], «lo alarmante» es que «todos se ven influidos enormemente por cómo eeuu decide ser y actuar en este mundo»4. No solo enormemente, sino de manera existencial: vale considerar, por ejemplo, la reciente eliminación de programas de la Agencia de eeuu para el Desarrollo Internacional (usaid, por sus siglas en inglés), que de aquí a 2030 podrían provocar hasta 14 millones de muertes. O el secuestro de líderes extranjeros en países con grandes reservas de petróleo. O la insistencia en adquirir Groenlandia, aun –o especialmente– si eso implica romper con el orden basado en reglas, establecido después de la Segunda Guerra Mundial. O la creación de un «Consejo de Paz» en Gaza, designado para reemplazar a la Organización de las Naciones Unidas (onu). Y la lista continúa.
La presidencia de Donald Trump es muchas cosas, pero, sobre todo, es un intento violento de resolver la «rica confusión» que rodea la palabra «América», para transformarla en sinónimo de su visión de un Estado-fortaleza en guerra con inmigrantes, oscuros globalistas, «narcoterroristas» y enemigos internos. Durante su primer mandato, algunos analistas influyentes de la izquierda argumentaban que Trump era poco más que un republicano orientado a favorecer los negocios, más allá de su dificultad para controlar los impulsos o respetar normas civilizadas de comportamiento, por no hablar del hábito de disfrazar el racismo con eufemismos al modo de los conservadores tradicionales. En 2016, la argumentación no era convincente; hoy es una evasión de la realidad. Es verdad que los esfuerzos de Trump por reducir el Estado administrativo y eliminar regulaciones en materia de seguridad laboral, protección del consumidor y del medio ambiente van en línea con gran parte del pensamiento conservador. Pero el indulto a insurrectos del Capitolio y otros delincuentes, las restricciones a la ciudadanía por derecho de nacimiento, los ataques a los somalíes como «basura», la puesta en duda de las competencias y el honor de miembros negros de las Fuerzas Armadas, la incorporación de neonazis, el llamado a ejecutar a opositores políticos5, las intimidaciones a estudios jurídicos y universidades, la guerra a la investigación científica y el conocimiento histórico, la expansión de un amplio Estado policial que se utiliza para perseguir y deportar inmigrantes y, cada vez más, para evitar que quienes critican la política estadounidense ingresen al país… esto es otra cosa. También lo es la advertencia del gobierno estadounidense contra la «muerte de la civilización» europea. Y para las mujeres que buscan abortar, o para los inmigrantes y las personas trans que simplemente quieren existir, eeuu se ha convertido en un lugar peligroso.
Algunos podrían afirmar que las políticas de Trump no son novedosas: los demócratas también impusieron medidas represivas en las fronteras y apoyaron guerras preventivas. Ambos partidos han sido cómplices en la creación de la Presidencia imperial y de un orden económico neoliberal. Todo eso es verdad, y la era del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ice), del Centro de Confinamiento del Terrorismo (cecot)6 y del Departamento de Eficiencia Gubernamental (doge) no debería hacernos sentir nostalgia de las guerras en Iraq y Afganistán, la pasión de Barack Obama por los drones o la carta blanca dada por Joe Biden a Benjamin Netanyahu en Gaza. Sin embargo, cualquier persona preocupada por la estabilidad de la república tendría razón en lamentar la desintegración del republicanismo moderado, una de las características estructurales que definían la vida política de eeuu. George W. Bush condujo al país a su guerra más catastrófica desde Vietnam, pero nunca expresó algún tipo de hostilidad contra los musulmanes. Richard Nixon, un líder inquietante y muchas veces monstruoso, que espió a sus compatriotas y dirigió campañas de bombardeos en Vietnam y Camboya, realizó aportes significativos a la protección ambiental y al Estado de bienestar que ahora están siendo desmantelados.
El movimiento de Trump, que ha capturado al Partido Republicano, representa una aceleración radical de las tendencias más oscuras en la cultura política estadounidense: la bravuconería violenta de las guerras de expansión y exterminio del siglo xix; el revanchismo racista de la campaña para poner fin a la Reconstrucción; la represión de los dos periodos de «amenaza roja»; el sombrío populismo del padre Coughlin y George Wallace7; la brutalidad y la corrupción del capitalismo expoliador. Busca desmantelar lo que queda de una democracia ya disminuida en el país y establecer en su lugar un régimen predatorio que responda a un único líder y su séquito. Se puede quizás hablar de un régimen «fascista», «posfascista» o «neoautoritario», pero de algo no cabe duda: se ha desencadenado una sensación de «anarquía moral», tal como la denomina John Ganz, con la cual ya no hay límites para expresar el sadismo o para implementarlo como política. Hay niños separados a la fuerza de sus padres e inmigrantes venezolanos trasladados a la inhumana megacárcel de Bukele en El Salvador, donde sufren torturas y abusos sexuales. El asesinato del cineasta Rob Reiner y su esposa a manos del hijo de ambos, afectado por trastornos mentales, es atribuido por Trump al odio que Reiner sentía hacia él. El asesinato de Renée Good en Minneapolis, a manos de agentes federales, es justificado como una respuesta al «terrorismo interno». Se podría citar la frase de uno de sus recientes discursos: «Nadie puede creer lo que está sucediendo». Y respecto a la tan mentada recuperación de la grandeza estadounidense, nos recuerda lo que dijo el 4 de julio de 1852 Frederick Douglass, un antiguo esclavo, quien al referirse a la Declaración de la Independencia, señaló que no era más que un «velo para encubrir crímenes que avergonzarían a una nación de salvajes».
Trump parece imparable. Los ataques a embarcaciones en el Caribe y el Pacífico, el secuestro de Nicolás Maduro, las amenazas contra Cuba, México y Groenlandia y el ataque militar contra Irán constituyen una reafirmación contundente de dominación imperial. Pero también denotan un deseo de ocultar el fracaso interno y recuerdan la «futilidad gladiatoria», que Antonio Gramsci contrastaba con las auténticas innovaciones estadounidenses en su ensayo sobre «Americanismo y fordismo». La inflación y las perspectivas de medio término no son alentadoras para el Partido Republicano. El movimiento maga [Make America Great Again] está plagado de divisiones en torno de Israel, Venezuela y el uso de la fuerza en el exterior. Los macartistas filosemitas deseosos de instrumentalizar falsas imputaciones de antisemitismo chocan con quienes prefieren usar el antisemitismo para construir el movimiento. Según el analista político Ezra Klein, el cambio de clima favorable a Trump ya ha pasado. Pero apenas llevamos un año. Aun si Trump fracasa, puede seguir infligiendo un daño enorme, posiblemente irreparable. eeuu se parece cada vez más al enfermo de las Américas, un país con tremendas disparidades en la riqueza, una disfunción política paralizante y una violencia generalizada.
¿Cómo llegamos hasta aquí? Se han planteado diversas explicaciones, algunas de las cuales se superponen: la reacción de quienes no tienen estudios superiores frente a quienes sí los tienen; la bronca existente entre la población blanca en la región central del país frente a las elites de las costas y su carácter «woke»; la política del miedo que emergió en el momento crítico del 11 de septiembre de 2001 y la guerra contra el terrorismo; la furia populista en relación con la inmigración; o un orden constitucional anacrónico, que da demasiado poder a los estados pequeños. Todas estas suposiciones tienen una pizca de verdad, pero ninguna captura la total dimensión de la crisis estadounidense, que no es meramente política, sino espiritual, y que representa el último capítulo de una antigua lucha para determinar qué tipo de país quiere ser (si es que, en realidad, sigue siendo un solo país).Una de las reacciones más alucinatorias frente al trumpismo durante el primer mandato provino de liberales que lo veían como un movimiento antiestadounidense, o incluso como una conspiración urdida en Moscú. Hicieron visitas a la Hungría de Viktor Orbán y escudriñaron Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, aunque una lectura somera de la propia historia estadounidense podría haberles demostrado que hasta las más descabelladas políticas de Trump tienen un perverso antecedente en su pasado de racismo e intolerancia. Los sudafricanos blancos, que ahora son casi los únicos «refugiados» admitidos en eeuu, no fueron los primeros fugitivos de la igualdad racial sobre quienes el sol estadounidense decidió brillar. Como ha señalado la historiadora Mae Ngai, el primer programa federal de reasentamiento de refugiados, establecido en 1794, sirvió para asistir a colonos franceses que huían de la Revolución Haitiana8. George Washington, James Madison y Thomas Jefferson acogieron con beneplácito a los esclavistas en un país donde la esclavitud era la condición misma para la libertad del hombre blanco.
Dos de los más impactantes libros recientes sobre la crisis estadounidense rastrean su freno a las ideologías de progreso infinito y libertad, mitos que han otorgado los pilares más duraderos al excepcionalismo del país. De acuerdo con The End of the Myth: From the Frontier to the Border Wall in the Mind of America [El fin del mito. De la frontera al muro fronterizo en la mente de eeuu]9, el ambicioso ensayo de Greg Grandin, el régimen de vigilancia militarizada y racista en la frontera entre eeuu y México es el legado prácticamente inevitable de la «frontera» ya desvanecida10; una barrera física en lugar de un límite que se desplaza y que, durante gran parte de la existencia de los eeuu, se expande. Grandin menciona una carta enviada en la década de 1940 por Clare Boothe Luce a su marido Henry, editor de Time, en la que decía que, con el fin de la expansión territorial del país, eeuu solo podría sobrevivir como nación si preservaba su «homogeneidad racial y cultural» con «estrictas barreras para impedir la inmigración adicional de gente marrón, negra y amarilla». Grandin destaca que la primera barrera en la frontera entre eeuu y México se construyó con alambre que había rodeado los campos donde confinaban durante la Segunda Guerra Mundial a estadounidenses de ascendencia japonesa. En el segundo libro, Freedom’s Dominion: A Saga of White Resistance to Federal Power [El dominio de la libertad. Una saga de resistencia blanca al poder federal]11, Jefferson Cowie cuenta la historia del condado de Barbour en Alabama desde el siglo xviii hasta el presente y muestra con lujo de detalles que para muchos estadounidenses blancos la idea de libertad ha estado unida al derecho de dominar a otros, especialmente a negros y nativos americanos, pero también a las víctimas de las aventuras del país en el extranjero y, en realidad, a cualquiera que se interponga en su camino, incluidos sus (¿ex?) aliados europeos. La libertad, tal como la concibe la mayoría de los estadounidenses, es el problema y no la solución; es una ideología que se interpone en el camino hacia una política más democrática e igualitaria.
Los libros de Cowie y Grandin describen la violencia, la crueldad y la obsesión por la pureza racial como algo casi imposible de erradicar en el país. Desde esta perspectiva, cada documento de la civilización estadounidense es un documento de barbarie. Todo se ha escrito con sangre: el espíritu de pionero, la creencia en el individualismo valeroso y la propia religión de la libertad. ¿Acaso el sueño americano ha sido siempre una mentira? ¿Es apenas una retórica facilista para alimentar a maga?
Es tentador pensar que sí, sobre todo para quien ha estado del otro lado de la violencia estadounidense. El peso de las fuerzas históricas, que tan a menudo oscurecen lo que Ornette Coleman denominó «cielos de América», puede convertir fácilmente la esperanza en alienación. En La próxima vez el fuego, publicado en 1963, Baldwin evocó las cadencias exhortativas de sus años adolescentes como predicador. Sostenía que, si se unían con el propósito de «forjar nuestro país», los negros y blancos con conciencia política podrían salvar no solo a eeuu, sino al propio mundo. En 1972, cuando publicó No Name in the Street [Sin nombre en la calle], un libro atormentado por los asesinatos de Medgar Evers, Malcolm x y Martin Luther King, Baldwin ya había perdido toda esperanza en los estadounidenses blancos, que «entre las personas de todos los colores son la gente más enferma e indudablemente más peligrosa que existe hoy en el mundo».
El enojo de Baldwin era comprensible: la reacción, liderada por Richard Nixon en nombre de la «mayoría silenciosa», estaba en su apogeo. Nadie pagó un precio mayor que los estadounidenses negros por la negativa del país a enfrentar su pasado y enfrentarse a sí mismo. Pero no se deben subestimar las tradiciones locales de resistencia política y cultural. Abolicionistas, sufragistas, activistas por los derechos civiles, en defensa de los trabajadores y contra la guerra, defensores de la liberación de las mujeres y los homosexuales, músicos de jazz, pintores del expresionismo abstracto, poetas beat: a su modo, todos fueron profundamente estadounidenses. También lo fueron muchos comunistas que en los años 30 declararon que el comunismo era el «americanismo del siglo xx». Como destacó Eric Foner, los estadounidenses radicalizados desarrollaron un lenguaje distintivo de libertad, situado lo más lejos posible de la libertad del hombre blanco concebida para dominar a otros y fomentada por figuras como el presidente Andrew Jackson, el gobernador George Wallace o Trump. Estas tradiciones radicales siempre han sido hostigadas, pero no se extinguieron, y se han enriquecido y reinventado con sucesivas oleadas de inmigrantes.
Estadounidense de tercera generación, nacido en 1972, soy heredero de algunas de estas tradiciones. Mis bisabuelos fueron parte de la ola de judíos de Europa oriental que huyeron de los pogromos a comienzos del siglo xx. Tal como escribió Philip Roth en referencia a sus ancestros, su Sion no era Palestina, sino eeuu. Veneraban a Franklin Delano Roosevelt y despreciaban a Joe McCarthy y su brazo derecho, Roy Cohn, futuro mentor de Trump. Estaban agradecidos a eeuu, pero su gratitud se tiñó de preocupación. Mi bisabuelo paterno, un carpintero socialista nacido en Minsk en 1892, quedó conmovido por la Masacre de la Universidad Estatal de Kent, ocurrida en Ohio en mayo de 1970; allí la Guardia Nacional asesinó a cuatro estudiantes que protestaban contra la Guerra de Vietnam. De adolescente había visto cómo las tropas zaristas les disparaban a trabajadores durante el levantamiento de 1905 y no podía creer que eso estuviera pasando en su país adoptivo.
La comprensión de mis padres respecto a eeuu era menos ingenua. Tras haber alcanzado la madurez política en la era de los derechos civiles y Vietnam, estaban demasiado familiarizados con la brecha que existía entre los ideales y las realidades del país. Pero también ellos, durante muchos años, creyeron que el arco de la historia estadounidense se inclinaría finalmente hacia la justicia. En mi juventud, descubrí que resultaba difícil reconciliar este relato con el apoyo a los escuadrones de la muerte en América Central, la participación en golpes de Estado contra líderes democráticos en Chile e Irán, la estrecha relación con el apartheid en Sudáfrica y el financiamiento de la ocupación israelí en Cisjordania y Gaza. También me era difícil reconciliar esta creencia con lo que ya sabía sobre la historia de la esclavitud, la segregación y la discriminación racial gracias a los escritos de Baldwin, la Autobiografía de Malcolm x12 y, sobre todo, el jazz, la música que me había obsesionado desde que era adolescente.
Paradójicamente, lo que evitó que yo dejara de creer en eeuu (y lo sigue evitando) fue el jazz, en particular, y la música negra, en general. Mis guías hacia el significado de la democracia estadounidense y hacia lo que Albert Murray denominó las «texturas mulatas» de la cultura del país no fueron los Padres Fundadores. Fueron Duke Ellington, Charlie Parker, Thelonious Monk, Billie Holiday, John Coltrane, Sonny Rollins, Charles Mingus, Miles Davis, Ornette Coleman y Cecil Taylor. Su música encarnaba la promesa de otro país, uno que era fiel a los ideales profesados. Su sola existencia parecía milagrosa. Una música vernácula, creada por los descendientes de esclavos, se había convertido en la más maravillosa expresión artística del país. En Black Reconstruction in America (1860-1880) [Reconstrucción negra en eeuu (1860-1880)], un estudio de 1935 sobre la revolución aún inconclusa en eeuu, W.E.B. Du Bois dijo que la música negra era una nueva canción, y su profunda y quejumbrosa belleza, sus grandes cadencias y su salvaje atractivo gemían, vibraban y atronaban en los oídos del mundo con un mensaje pocas veces expresado por el hombre (…). La desdeñaron, esos sureños blancos que la oyeron y nunca la entendieron. La violaron y la profanaron, esos norteños blancos que escucharon sin oídos. Sin embargo, vivió y creció (…) y se sienta hoy a la diestra de Dios, como el verdadero regalo de América a la belleza; como la redención de la esclavitud, destilada de la escoria de su estiércol.13
Desde la esclavitud, según Du Bois, los negros produjeron lo sublime desde lo abominable, a partir de todo lo que habían sufrido desde su arribo a las costas estadounidenses tras el Pasaje del Medio14. Pero en lugar de reprimir el horror, los músicos de jazz situaron en el centro de su producción las luchas del eeuu negro y, por ende, la cuestión de la democracia estadounidense. A lo largo de su carrera, Ellington compuso poemas sinfónicos sobre la vida de los negros. En 1957, en una pícara apropiación de la leyenda de la frontera, Rollins se disfrazó de cowboy para la portada de su álbum Way Out West, y un año después lanzó el primer disco por los derechos civiles: Freedom Suite. Charles Mingus, uno de los más audaces músicos de jazz, presentó en 1964 su pieza «Meditations on Integration» [Reflexiones sobre la integración] con la advertencia de que los segregacionistas no tenían aún «hornos ni cámaras de gas», pero sí tenían «cercas electrificadas». Su composición, dijo, era «una plegaria para que podamos encontrar una pinza, cortar el alambre y salir».
Mingus no tuvo que buscar demasiado. El propio jazz actuó como una fantástica pinza. Pocas expresiones artísticas han demostrado ser tan maleables, tan receptivas a la influencia extranjera. Pienso en Mingus y su adopción de la música mariachi, en Ellington y su Far East Suite, en Coltrane y su exploración de las tradiciones carnáticas y en Davis y su fascinación por la música popular española. Pienso en el violinista Billy Bang y el trabajo conjunto con músicos vietnamitas, que refleja sus experiencias como «rata de túnel» durante la guerra. El jazz, el más estadounidense de los lenguajes musicales, ha sido también el más abierto al mundo.
Esta sensibilidad, este cosmopolitismo dirigido a cortar el alambre de las cercas, sufre hoy un ataque; pero tiene raíces profundas en la cultura estadounidense. En Redburn. Su primer viaje, una novela autobiográfica publicada 12 años antes del estallido de la Guerra de Secesión, Herman Melville escribía: «Es imposible derramar una gota de sangre estadounidense sin derramar la sangre del mundo entero (…). No somos un pueblo estrecho de miras (…). Nuestra sangre es como la corriente del Amazonas: está hecha de un millar de nobles afluentes que desembocan todos en uno. No somos tanto una nación como un mundo»15. Seis décadas después, el crítico social Randolph Bourne se explayó en la revista Atlantic Monthly (1916) sobre las reflexiones de Melville y señaló que eeuu constituía «no una nacionalidad, sino una transnacionalidad, un tejido de ida y vuelta con las otras tierras, con varios hilos de todo tamaño y color. Cualquier movimiento que intente desbaratar este tejido, o teñir la tela de algún color, o desenredar los hilos, sería erróneo para esta visión cosmopolita». Bourne destacó que esta visión de eeuu como una «federación de culturas» era la antítesis no solo del supremacismo blanco, sino también del «crisol de razas». Y nada la amenazaba más que la guerra y lo que él denominaba «la podredumbre del espíritu bélico». Un año antes de que Woodrow Wilson llevara a eeuu a intervenir en la Primera Guerra Mundial, Bourne advirtió que los intelectuales liberales que «todavía parecen creer en una peculiar guerra democrática y aséptica» deberían entender que «estar dispuesto a la guerra implica estar dispuesto a todos los males orgánicamente ligados a ella»16.
Bourne perdió la batalla: la mayoría de sus pares se infectaron con el espíritu bélico. eeuu emergió de la Segunda Guerra Mundial –batalla existencial contra una barbarie como ninguna– como el país más poderoso del mundo y pronto se transformó en un Estado de seguridad nacional, con cientos de bases militares en todo el planeta. Tal como señala Stephanson, «ningún otro hecho (…) cambió tanto la posición geopolítica de eeuu en el mundo» como la Segunda Guerra Mundial. Dos años después de los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki, cuando comenzaban la Guerra Fría y las purgas anticomunistas, Beauvoir publicó un diario de viaje titulado América día a día. Diario de viaje17. Se trata de uno de los estudios más profundos del carácter estadounidense desde La democracia en América de Alexis de Tocqueville. «América, por donde deambula todavía el cercano recuerdo de los pioneros, ejerce sobre mí un vertiginoso atractivo», sintió al principio Beauvoir. Le gustaban el whisky y las hamburguesas, el espíritu de «impulso, expansión y conquista» encarnado en los rascacielos de Nueva York y la «calidez inmediata» de la gente, que era «desconcertante» para una intelectual de París. Amaba el jazz que escuchaba en los clubes de Nueva York y Chicago, música de «duelo (…) sensualidad, erotismo, dicha, tristeza, rebelión, esperanza; la música negra expresaba siempre algo». Le parecía que el jazz reflejaba experiencias que iban más allá de lo que ella llamaba «propaganda de la sonrisa».
Esa propaganda era omnipresente en los eeuu de la Guerra Fría, que Beauvoir describía como un país con una alegría forzada, que se rehusaba a enfrentar la realidad de la muerte y expresaba su horror del cuerpo en anuncios publicitarios de desodorantes y laxantes. Según la filósofa francesa, la mayoría de los estadounidenses era incapaz de captar el matiz, porque «admitir el matiz significa admitir el juicio ambivalente, la réplica, la vacilación»; y ellos preferían creer en «un mundo geométrico donde las perpendiculares se oponen con exactitud, al igual que en sus calles y edificios». «La arrogancia de los americanos –escribió– no reside en su voluntad de poder, sino en su voluntad de imponer el bien». Y, añadía, de combatir el mal: algunos intelectuales le habían manifestado que las ideas «nefastas para la democracia» se deben reprimir. Hablaba con resignación, incluso con un tono fatalista, sobre el carácter inevitable de una guerra con la Unión Soviética. Pese a las tan proclamadas libertades, la gente con que Beauvoir se encontró era increíblemente conformista y expresaba acerca de su país un optimismo que «no se habría resquebrajado ni viendo el campo de concentración de Buchenwald». El individualismo a ultranza los había dejado atomizados, incapaces de imaginarse como un potencial colectivo con el poder de cambiar sus circunstancias.Beauvoir temía que eeuu terminara por «no diferenciarse de los regímenes totalitarios a los que dice oponerse». En un ómnibus en Texas, vio cómo un grupo de blancos se burlaba de una mujer negra embarazada; la mujer se desmayó. La «cultura democrática» estadounidense se detenía en la línea del color. Richard Wright llevó a Beauvoir a iglesias en Harlem y le mostró que la segregación de facto del Norte, a su modo, era tan opresiva como la segregación de jure en el Sur. Hacia el final de su viaje, Beauvoir llegó a la conclusión de que en eeuu la igualdad y la libertad habían sido «vaciadas de su significado». Según ella, la única forma de seguir amando al país era «amarlo con dolor».
C.L.R. James, el gran activista trinitense de orientación panafricana y radical, hijo del Imperio británico y uno de sus más feroces críticos, amó a eeuu con una obstinación desafiante; y probablemente habría adoptado la ciudadanía si no lo hubieran deportado como extranjero subversivo en 1953. James se había establecido en Nueva York en 1938 después de la publicación de Los jacobinos negros, su historia clásica de la Revolución Haitiana18. Se casó con una mujer estadounidense blanca, Constance Webb, que dio a luz a su hijo Nobbie en 1949. Marxista de las Indias occidentales, James no tenía ilusiones sobre la condición de los estadounidenses negros o los trabajadores, pero admiraba intensamente las tradiciones democráticas del país y su cultura popular. En 1950, Civilización americana atribuía el «conflicto esencial» al abismo existente entre sus ideales y las realidades brutales de la opresión de clase y de raza. Estas contradicciones generaban una tensión insoportable en el corazón de la vida estadounidense, que se manifestaba en «el sometimiento de los intelectuales», un anhelo de contar con un «hombre de fuerza, determinación, voluntad, poder de mando» y, por lo tanto, la amenaza de dictadura y la negación de las tradiciones políticas estadounidenses. El temor de James era que «la mayor potencia en la civilización occidental ya no sabe qué creer sobre sí misma».
El 10 de junio de 1952, James fue víctima de esa confusión: terminó arrestado por agentes del Servicio de Inmigración y Naturalización (en virtud de la ley anticomunista McCarran-Walter) y fue enviado a la cárcel de Ellis Island. Bajo vigilancia desde su llegada, el trato recibido tras el arresto no se diferenció del de los estalinistas que él detestaba. Se vio forzado a compartir una celda con un grupo de activistas comunistas, que, sabiendo que él era trotskista, votaron para decidir si le dirigirían la palabra (lo hicieron afirmativamente con el fundamento de que era más importante su condición de compañero de prisión). Durante los meses siguientes, mientras aguardaba la deportación, destinó toda su energía a un manuscrito que publicó en 1953 con el título Mariners, Renegades, and Castaways: The Story of Herman Melville and the World We Live In [Marineros, renegados y náufragos. La historia de Herman Melville y el mundo en que vivimos]19. Le dedicó el libro a su hijo, «que cumplirá 21 años en 1970; espero que para entonces él y su generación hayan dejado atrás para siempre todos los problemas de nacionalidad».
James sostenía que el «milagro de Herman Melville» radicaba en «retratar el mundo en que vivimos», no solo eeuu. En Moby Dick, novela publicada en 1851, Melville había visualizado «una civilización industrial que se incendiaba y se sumía a ciegas en la oscuridad», un «mundo de bombardeos masivos, de ciudades en llamas». James, quien en parte escribió el libro como un intento de lograr su propia liberación, no incluye en él la palabra «socialismo», aunque está claro con quién simpatiza cuando narra la lucha a bordo del Pequod entre el tiránico y destructivo capitán Ahab y su tripulación multirracial de clase trabajadora, con su «gracia, ingenio y humor, y su desprecio afable hacia aquellos para quienes la vida solo consiste en las telas finas y el té en la plaza». Entre Ahab y la tripulación se encuentra Ismael, un «joven intelectual completamente moderno», que sopesa sus opciones con una indecisión hamletiana y queda aislado de las masas, incapaz de «abrazar la realidad espontáneamente». («Ningún intelectual en el mundo persigue tanto las realidades psíquicas de su propia alma como el estadounidense», escribió James con mordacidad en Civilización americana). Y luego está Starbuck, el primer oficial: «Su historia es la historia de los liberales y demócratas, que durante el último cuarto de siglo han encabezado la capitulación frente al totalitarismo en un país tras otro».
Mariners, Renegades, and Castaways concluye con una extraordinaria reflexión sobre su confinamiento en Ellis Island, el venerado punto de arribo de inmigrantes, que desde la década de 1920 se había convertido en un centro de detención para extranjeros indeseables y disidentes políticos. Aunque desconfiaba de sus compañeros de celda del Partido Comunista, estos saltaron en su defensa cuando se le negó un tratamiento para una úlcera e infligieron una «derrota moral» al Departamento de Justicia, «con todos sus oficiales y guardias armados, sus cerrojos y sus barrotes, sus gruesos muros y su poder». El Departamento de Justicia buscaba «exterminar a los extranjeros como una peste maligna», pero los extranjeros se mantuvieron firmes, «ciudadanos del mundo» que lo conocían «mejor que muchos corresponsales mundialmente famosos». En la descripción de James, Ellis Island se asemeja al Pequod de Melville, «una versión en miniatura de todas las naciones del mundo y todos los sectores de la sociedad».
James subrayó que, como ciudadanos del mundo, él y sus compañeros náufragos eran potenciales ciudadanos estadounidenses que, forzados al igual que otros a luchar por sus derechos en la tierra de la libertad, comprendían esos derechos mucho mejor que la mayoría de los estadounidenses. Cuando el director de distrito del Servicio de Inmigración y Naturalización del Puerto de Nueva York le dice a James que siempre puede volverse a Trinidad y tomar jugo de papaya, James le pide a su lector, el «ciudadano estadounidense promedio», que considere que la ley «establece que el extranjero debe tener una audiencia», que aun ante una decisión desfavorable existe el derecho de apelar y que, si se rechaza la apelación, «se puede llevar la causa a la corte del distrito», y de hecho seguir hacia arriba hasta la misma Corte Suprema. De acuerdo con su texto, este proceso solo pudo haberse originado en un país donde el papel tradicional del inmigrante y la tradición de las libertades civiles son tan importantes que le han dado al extranjero todas las oportunidades para defenderse lo mejor posible. ¿Es posible compatibilizar eso con la frase brutal y arrogante de que, si no le gusta lo que le pasa, puede irse y tomar jugo de papaya? No se pueden revertir todo el pasado histórico y las tradiciones de un pueblo con un paquete de leyes y propaganda estridente. Si se realiza el intento mediante su injerto en un sistema tradicionalmente democrático, el resultado es un caos absoluto.
El último libro de Martin Luther King, publicado en 1967, se tituló ¿Adónde vamos?: Caos o comunidad20. Ese año, en la iglesia de Riverside en Manhattan, King pronunció un apasionado discurso contra la Guerra de Vietnam. Así como James resaltaba que la injusticia de eeuu era la principal herramienta de reclutamiento para el comunismo, King escribió que «nada proporciona a los comunistas un mejor clima para la expansión y la infiltración que la alianza continua de nuestra nación con el racismo y la explotación en todo el mundo». La «quema de seres humanos con napalm» en Vietnam le pareció «un síntoma de una enfermedad mucho más profunda» que una crisis política pasajera21.
Esa enfermedad radicaba en última instancia en el desprecio por la vida que caracterizaba a eeuu, un país basado en el «socialismo para los ricos» y el «individualismo para los pobres». El racismo y la segregación, «una sutil reducción de la vida mediante la privación» cuya «lógica final es el genocidio», habían generado «una personalidad esquizofrénica en la cuestión racial». Había un yo que «profesaba con orgullo los grandes principios de la democracia y otro yo donde locamente se practicaba la antítesis de la democracia». La reacción blanca no era «nada nuevo», simplemente el «resurgimiento de viejos prejuicios, hostilidades y ambivalencias que siempre han estado allí», «la misma búsqueda de racionalización, la misma falta de compromiso que siempre ha caracterizado a los estadounidenses blancos en el tema racial». Refiriéndose a los blancos pobres y desfavorecidos, cuyos egos habían sido alimentados por el supremacismo mientras sus estómagos pasaban hambre, King se preguntaba cuándo habrían de darse cuenta de que tenían mucho más por ganar si se aliaban con los negros pobres. Sin embargo, al igual que James, estaba menos preocupado por los blancos pobres que por los «protectores del statu quo y sus fraternidades de indiferentes, que son conocidos por dormir durante las revoluciones» cuando «nuestra propia supervivencia depende de nuestra capacidad para mantenernos despiertos [awake]».
Al final de su vida, King se inclinó hacia la idea –pregonada por Bourne, James y Baldwin– de que los males internos de eeuu eran inescindibles de los intereses económicos y políticos que el país perseguía en el exterior. La competencia con la urss durante la Guerra Fría había acelerado la caída del apartheid en eeuu, que difícilmente podía proyectarse como la tierra de la libertad mientras privaba a ciudadanos negros de sus derechos (aunque muchos músicos de jazz fueran enviados al exterior como «embajadores» de la libertad estadounidense). Pero con la aprobación de la Ley de Derechos Civiles y la Ley de Derecho al Voto en 1964 y 1965, respectivamente, el movimiento de derechos civiles entró en un impasse. Por primera vez en su historia, eeuu era una democracia para todos sus ciudadanos, y –en teoría– los estadounidenses negros eran ahora iguales a los blancos. Sin embargo, libertad a menudo significaba ser libre para habitar viviendas precarias o luchar en Vietnam, hacia donde se desviaban los fondos de la «guerra contra la pobreza» de Lyndon Johnson. King entendió que las necesidades del Estado de seguridad nacional y de las multinacionales estadounidenses iban en detrimento de la promesa de libertad. «Una nación que año tras año continúa gastando más dinero en defensa militar que en programas de mejora social se acerca a la muerte espiritual», señaló. «eeuu, la nación más rica y poderosa del mundo, bien puede liderar el camino en esta revolución de valores. No hay nada, excepto un trágico deseo de muerte, que nos impida reordenar nuestras prioridades, de modo que la búsqueda de la paz tenga prioridad sobre la búsqueda de la guerra»22.
Un año después, cuando fue asesinado en Memphis, King era una figura solitaria. Como consecuencia de la oposición a la guerra en Vietnam, había sido abandonado por muchos de sus aliados, que le decían que se dedicara a lo que sabía y dejara los asuntos de política exterior a los expertos. Algunos lo acusaron de facilitar argumentos a los comunistas. Poco importaba que el antiimperialismo de King tuviera un linaje impecable. En 1821, John Quincy Adams, el entonces secretario de Estado e hijo de un Padre Fundador, advirtió que si eeuu iba «al extranjero, en busca de monstruos que destruir (…) las máximas fundamentales de su política cambiarían insensiblemente de la libertad a la fuerza (…) que destellaría el turbio resplandor del dominio y el poder. Podría convertirse en dictador del mundo. Ya no sería el soberano de su propio espíritu»23.
Las advertencias de King y Adams parecen hoy más proféticas que nunca. La democracia estadounidense ha sido vaciada progresivamente por las guerras interminables, la desindustrialización, la tiranía de la riqueza y la creación de un archipiélago de cárceles de máxima seguridad, donde se puede recluir a los pobres si aún no han sucumbido a la adicción o a la desesperación. eeuu no es «el país más libre del mundo», como lo describió muchas veces Noam Chomsky; ni siquiera es uno demasiado estable. Sería necio negar la fuerza y la fascinación de un carisma perverso, pero después de la violenta humillación del 11 de septiembre de 2001, las guerras en Afganistán e Iraq y la crisis financiera de 2008, Trump no tuvo obstáculos. Sus partidarios estuvieron dispuestos a entregar el poder (y muchas de sus libertades) a un hombre de fuerza y determinación, un hombre que odiaba el «sistema» que los había traicionado.
Aun así, la velocidad con la que el sistema cedió ante Trump 2.0 ha sido impactante. Durante la andanada de órdenes del Ejecutivo posteriores a su victoria, los demócratas del Congreso parecían paralizados e impotentes; 86 de ellos cruzaron en noviembre de 2025 las líneas partidarias para unirse a la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y condenar los «horrores del socialismo», mientras el gobierno estaba desmantelando la red de seguridad social. Las principales universidades estadounidenses dedicadas a la investigación, incluida mi alma mater, la Universidad de Columbia, han colaborado con el gobierno en sus intentos de arrestar y deportar a estudiantes extranjeros que se oponen a la guerra de Israel en Gaza; para ello sirvió como base una definición de antisemitismo muy tendenciosa, que ha avalado tanto el genocidio como su negación. Bari Weiss, quien fuera líder de una campaña antipalestina en Columbia, es ahora la editora jefa de cbs News. Recientemente retrasó allí durante un mes un informe para 60 Minutes sobre prisioneros venezolanos enviados por Trump al cecot. Los multimillonarios de las juntas directivas de las universidades y los magnates del sector tecnológico se abalanzaron a rendir pleitesía.
Vistas desde Europa, donde pasé la mayor parte del último año, las defensas intelectuales y morales de eeuu contra la aplanadora Trump parecían colapsar. Añorando el «orden basado en reglas» al que Trump dio la espalda, el establishment de la política exterior parecía incapaz de decir la palabra «Gaza», y mucho menos «genocidio», como si el apoyo de Biden a la guerra de Israel no hubiera hecho ya demasiado por erosionar la legitimidad de ese orden, como si eeuu y el mundo pudieran salvarse mediante un retorno a las costas seguras del atlantismo de la Guerra Fría. Parte de la extrema izquierda fue presa de una forma diferente del síndrome Trump y se rehusó a enfrentar al trumpismo, excepto como un síntoma secundario de la crisis neoliberal o mediante la exaltación de la figura de Luigi Mangione (acusado de matar al ceo de UnitedHealthcare) como héroe de la resistencia. Si el voto no podía salvar a eeuu, quizás podría hacerlo una bala. Entretanto, las masacres escolares parecían ser más comunes que las manifestaciones contra las políticas de Trump.
A cada lugar donde iba, la gente me preguntaba: «¿Por qué los estadounidenses no resisten?». Lo que normalmente respondía era que «sí lo hacen, pero no se ve porque la resistencia se está dando en los tribunales». Sin embargo, esa respuesta no me dejaba satisfecho; no porque la Corte Suprema revocaba invariablemente las decisiones de los tribunales inferiores, sino porque me sentía como uno de los intelectuales realistas de Beauvoir, que alegan desvalidos que no pueden lograr cambios por sí mismos y están siempre muy dispuestos a ceder ante las «fraternidades de indiferentes». Yo sabía que, si la agenda de Emmanuel Macron fuera la mitad de destructiva que la de Trump, las calles de París se llenarían de manifestantes. Daba la sensación de que actuábamos como sonámbulos en medio de la contrarrevolución.
Al explicar en el extranjero los misterios de eeuu, yo me sentía extrañamente como los escritores con quienes me encontraba en países árabes y musulmanes frente a los cuales la Casa Blanca había dado incesantes sermones, que se veían obligados constantemente a responder preguntas sobre las supuestas peculiaridades de su cultura política: la brecha creciente entre las elites educadas y las masas; la influencia del fundamentalismo religioso y el pensamiento conspirativo; la propensión al autoritarismo; los estallidos de violencia descabellada; o el uso de soluciones militares frente a problemas sociales. ¿Qué tan diferentes éramos? Por lo menos, los pueblos a los que eeuu había dado lecciones no habían elegido a sus dictadores. «Nosotros no somos así», nos aseguró Biden. En realidad, sí somos así, y el resto del mundo lo ve muy claramente.
Sin embargo, ningún país es inmune a la ola reaccionaria. Muchos expatriados prósperos lo están descubriendo ahora: encuentran un santuario de los eeuu de Trump en países europeos donde la extrema derecha se prepara para tomar el poder. Las convulsiones estadounidenses son parte de una transformación global propiciada por el neoliberalismo, la pérdida de un horizonte socialista y una sensación generalizada de malestar y apatía: un «mundo en descomposición», como lo describe el novelista franco-libanés Amin Maalouf en su libro El naufragio de las civilizaciones (2019)24. Maalouf dice que por primera vez en la historia «contamos con los medios para librar a la especie humana de todas las catástrofes que la acosan (…) y henos aquí, no obstante, corriendo a toda velocidad en sentido contrario». La precarización de la vida en el capitalismo contemporáneo y el retorno de la escasez han sido un regalo para los políticos autoritarios, que avivan la histeria y la intolerancia contra los inmigrantes en lugar de afrontar los problemas que demandan soluciones colectivas, como la desigualdad global y la crisis climática. Tal vez eeuu sea, por ahora, una anomalía en lo que respecta a negar la existencia del cambio climático, pero los países europeos, a su vez, han externalizado el control del flujo de refugiados, acaparan recursos y se convierten en fortalezas. Y frente a las amenazas de Trump contra Groenlandia, han mostrado poco espíritu combativo.
Algunos observadores, como el historiador Mark Mazower, sostienen que las sociedades europeas que recuerdan la Segunda Guerra Mundial tienen barreras de protección más fuertes contra las tentaciones del neofascismo, pero no está claro cuán fuertes son esas barreras. ¿Por qué molestarse con una desintoxicación, como lo ha hecho el partido de extrema derecha francés Reagrupamiento Nacional, ahora que Trump triunfó «por convertirse en ese mismo diablo que decían que era», como señaló el padre de Marine Le Pen, Jean-Marie? «El tornado Trump ha cambiado el mundo en solo un par de semanas –declaró Orbán–. Ayer éramos herejes, hoy somos la corriente dominante».
A partir del liderazgo estadounidense en la internacional de extrema derecha, cabía esperar que se exacerbara el sentimiento antiestadounidense entre los sectores radicales y progresistas, pero eso no ocurrió. Quizás se explique, en parte, por el regodeo ante el mal ajeno. Mientras un casino prepotente y de lo más vulgar toma el lugar de una presuntuosa ciudad sobre la colina25, el imperio estadounidense sufre, por fin, una gran humillación. Resulta que el excepcionalismo no está a salvo de la historia, ni del declive. Mucha gente situada fuera de Occidente, que desde hace tiempo sabe lo que subyace detrás de los sermones benevolentes de eeuu y su convicción de representar el fin de la historia, siente que se hace justicia al ver cómo se caen las caretas. Dice que al menos Trump no es un hipócrita; que al menos él admite que invade Venezuela por su petróleo y no para promover la democracia; que al menos él puede imponer un cese del fuego en Gaza. El historiador Rahmane Idrissa, quien creció en Níger, publicó en Equator un ensayo titulado «Statemania», en el que nos recuerda que los extranjeros siempre se han sentido atraídos por eeuu tanto por su «poder absoluto, la sensación de fuerza ilimitada que proyectaba» como por su democracia, cuyos defectos resultan bastante claros para quienes están fuera.
Si bien eeuu es la vanguardia de la reacción y adopta una forma tan estrafalaria como los accesorios dorados en el baño remodelado de Lincoln, también se reconoce que está muy acompañado. Washington no es un caso aislado de malevolencia, aunque su capacidad de daño no tiene parangón. En sus notas sobre el álbum Live at Birdland de John Coltrane, Amiri Baraka decía que «una de las cosas más desconcertantes de eeuu es el hecho de que a pesar de su perfil esencialmente despreciable, todavía exista aquí tanta belleza». Antes yo la veía como una observación perspicaz; hoy me choca como un ejemplo de provincialismo estadounidense. Fuera de eeuu, la gente no está desconcertada por esta contradicción, que se produce en la mayoría de las sociedades, y probablemente asocie a eeuu tanto con Coltrane, Kendrick Lamar y Beyoncé como con Trump, J.D. Vance, Pete Hegseth y Stephen Miller. Al igual que Beauvoir y James, esa gente sabe que existe «otro país» en eeuu26, uno que salta a la vista en París, Berlín o Madrid apenas se ingresa en una librería llena de traducciones de Baldwin, Audre Lorde, bell hooks, David Graeber y otros mensajeros de un futuro alternativo.
Estamos muy lejos de ese futuro. Por el contrario, Trump y sus acólitos parecen decididos a volver a la diplomacia de cañonero del siglo xix. Invocan entonces la amenaza de «narcoterrorismo» para justificar actos de agresión y saqueo, lo cual sirve de inspiración para otros países con designios imperialistas sobre sus vecinos. La ciudad de Nueva York, donde vivo, alberga en la actualidad al encarcelado ex-presidente de Venezuela y a su esposa, rehenes de un gobierno que no oculta la intención de quedarse con el petróleo de su país. Pero Nueva York también es el centro de uno de los desarrollos más prometedores en la vida estadounidense: el resurgimiento de una izquierda igualitaria, que pasa de la protesta a la política institucional.
Hace un año, poco antes de que yo viajara a Berlín, la cineasta india Mira Nair y su marido, el politólogo Mahmood Mamdani, me contaron que su hijo, Zohran, miembro de la Asamblea Estatal de Nueva York por Queens, se presentaría como candidato a alcalde. O es un idiota o está loco, pensé. Al comienzo de su campaña, Mamdani –un socialista musulmán de 34 años nacido en Uganda– tenía 1% de apoyo en las encuestas. Ahora es el alcalde de Nueva York, después de una brillante campaña conducida en gran parte por jóvenes voluntarios (muchos de ellos, veteranos del movimiento dirigido a poner fin a la guerra de Israel en Gaza). Con su singular carisma, su hábil uso de las redes sociales y, sobre todo, su énfasis en el costo de vida, Mamdani reunió a una amplia coalición de inmigrantes recientes, sectores progresistas de clase media y afroestadounidenses. Y derrotó a Andrew Cuomo, un demócrata del establishment; no a pesar de sus críticas a Israel y a los intereses inmobiliarios (las causas sagradas del establishment demócrata local y del New York Times, que en ambos casos intentaron sabotear su campaña), sino gracias a ellas. Tal como observó Frank Rich en New York Magazine, el apoyo a Palestina fue su «ingrediente no tan secreto» particularmente entre los votantes más jóvenes, que ven a Palestina no como un mero asunto de política exterior, sino como uno interno, ya que la represión de las manifestaciones en su favor es parte de un ataque más amplio a la libertad de reunión, la libertad académica e intelectual y los derechos de los inmigrantes.
En su discurso posterior a la victoria, Mamdani insistió en que Nueva York sería siempre una ciudad de inmigrantes e hizo alusión al líder socialista estadounidense Eugene Debs y a Jawaharlal Nehru, entrelazando las tradiciones radicales de su país adoptivo con la política anticolonial que él heredó de sus padres. Fue una expresión sincrética de tipo jazzístico. Poco después, Mamdani apareció en el escenario con Mahmoud Khalil, uno de los líderes de las protestas por Palestina en Columbia, un titular de la green card que estuvo en detención migratoria durante más de tres meses y a quien el gobierno de Trump sigue tratando de deportar, un heredero de James y los náufragos de Ellis Island. El comité de investidura de Mamdani estuvo integrado, entre otros, por activistas sindicales y comunitarios; musulmanes y judíos de izquierda; los novelistas Colson Whitehead y Min Jin Lee; el legendario saxofonista tenor Sonny Rollins; y Sami Zaman, el dueño del restaurante de kebab favorito de Mamdani. Nueva York no representa al conjunto de eeuu y el experimento de Mamdani es precario, pero para muchos estadounidenses el futuro del país está mucho más representado por el mar de rostros en su toma de posesión que por la orgía de democracia Herrenvolk y evangélica que encarnó el funeral de Charlie Kirk.
Cuando triunfó Mamdani, yo estaba en Argel. Mis amigos locales, que habían seguido atentamente su ascenso, estaban fascinados. Solo en eeuu podía ocurrir algo así: que en una ciudad de influencia global llegara a ser alcalde un inmigrante de izquierda de piel oscura, un «otro» racializado. Desde hace tiempo los argelinos han tenido un cariño especial por eeuu. Pese a haberse resentido por su apoyo a Israel, eeuu tiene la ventaja de que no es Francia, y los argelinos recuerdan el discurso de John F. Kennedy de 1957 en favor de su independencia y la presión que ejerció como presidente para poner fin a la dominación francesa. Durante la mañana posterior a la victoria de Mamdani, hablé acerca de él con el periodista Ihsane El Kadi, que recientemente había sido liberado de la prisión tras casi dos años y cuyos hijos viven en eeuu. «¡Siempre podemos confiar en que eeuu nos traiga lo mejor y lo peor!», dijo. Luego, ese mismo día, varias personas me felicitaron por el triunfo de Mamdani. De repente sentí nostalgia y, por primera vez en mucho tiempo, me transporté nuevamente al extraordinario drama estadounidense evocado por Baldwin: estaba emocionado, hasta orgulloso, de ser parte de eso. Y por un momento me permití abrigar la esperanza de que aún prevalezca ese otro país, de que eeuu se aparte de sus guerras en el extranjero y supere su descalabro interno. Ese otro país fue el que vimos en las escalinatas de la Alcaldía de Nueva York el 1 de enero, cuando asumió el cargo Mamdani. Dos días después se lanzó en Venezuela la Operación Resolución Absoluta. El 7 de enero un agente del ice, veterano de la guerra estadounidense en Iraq, disparó contra Renée Good y la mató. Los ciudadanos de Minneapolis se movilizaron para protestar contra las redadas del ice y organizaron una huelga general, pero la Casa Blanca redobló su apuesta y lanzó una nueva ofensiva en el estado de Maine. Una vez más, ha sido una batalla tras otra en la que un bando tiene pinzas para cortar el alambre y el otro, casi todas las armas.No me culpo por abrirle la puerta a la esperanza. ¿Quién no lo haría? Sin esperanza, estamos perdidos. Pero además la esperanza puede alimentar la fantasía reconfortante de revertir la situación en los próximos comicios presidenciales o incluso en una elección de alcalde. Creo que los estadounidenses son particularmente susceptibles a este «optimismo obligatorio», como caracterizó Beauvoir nuestro sueño febril colectivo, la inocencia que permanece como el reflejo estadounidense más persistente. Desde la elección de 2016 y especialmente durante el último año, he tratado de amar a eeuu con dolor, como lo hacía Beauvoir. Rememoré el potencial emancipatorio de sus ideales fundacionales, subrayado por James. Y regresé una y otra vez a las palabras proféticas de Baldwin y King. Pero lo que más siento estos días, cuando veo el desastre que se desencadena en eeuu y sus espantosas repercusiones en todo el mundo, es una profunda vergüenza. La vergüenza no es una emoción agradable, pero es necesaria como punto de partida para cualquier reflexión honesta sobre aquello en que se ha convertido mi país.
Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en London Review of Books vol. 48 No 2, 2/2026. Traducción: Mariano Grynszpan.
- 1.J. Baldwin: «The Discovery of What It Means to Be an American; Discovery of an American» en The New York Times, 25/6/1959, reproducido en Nadie sabe mi nombre [1970], Blurb, San Francisco, 2026.
- 2.Los condenados de la tierra [1961], Txalaparta, Tafalla, 1999.
- 3.América día a día. Diario de viaje [1948], Grijalbo Mondadori, Barcelona, 2001.
- 4.Verso, Londres, 2025.
- 5.En noviembre de 2025, un grupo de legisladores demócratas con experiencia militar o de inteligencia –entre ellos, Elissa Slotkin y Mark Kelly– publicaron un video en el que recordaban a los miembros del Ejército que tienen el deber de desobedecer órdenes ilegales. Trump respondió en la red Truth Social calificando el video de «conducta sediciosa» y escribió: «SEDITIOUS BEHAVIOR, punishable by DEATH!» [¡Comportamiento sedicioso, castigable con la muerte!]. También compartió una publicación de otro usuario que decía que habría que ahorcarlos [N. del E.]
- 6.Megacárcel impulsada por Nayib Bukele en El Salvador, a la que el gobierno de Trump amenazó con enviar a los deportados y donde ha enviado a varias decenas de venezolanos y salvadoreños [N. del E.].
- 7.Charles Coughlin (1891-1979) fue un sacerdote católico canadiense-estadounidense que, durante los años 30 del siglo XX, se convirtió en uno de los primeros demagogos mediáticos de masas en EEUU, con hasta 30 millones de oyentes semanales en su programa de radio. Inicialmente apoyó al presidente Franklin D. Roosevelt, pero luego adoptó posturas antisemitas, profascistas y aislacionistas. Debido a la creciente controversia de sus mensajes, la Iglesia católica lo obligó a cesar sus transmisiones políticas en 1942. George Wallace (1919-1998) fue cuatro veces gobernador de Alabama y miembro del Partido Demócrata. Se lo recuerda sobre todo por sus firmes opiniones segregacionistas y populistas [N. del E.].
- 8.M. Ngai: «The End of Asylum» en The New York Review Of Books, 12/10/2025.
- 9.Metropolitan Books, Nueva York, 2019.
- 10.Se refiere a la línea móvil que separaba el territorio colonizado del territorio «por conquistar» hacia el oeste [N. del E.].
- 11.Basic Books, Nueva York, 2022.
- 12.Malcolm X y Alex Haley: The Autobiography of Malcolm X, Grove Press, Nueva York, 1965. [Hay edición en español: Malcolm x. Una autobiografía contada por Alex Haley, Capitán Swing, Madrid, 2015].
- 13.Free Press, Nueva York, 1998.
- 14.El «Pasaje del Medio» (Middle Passage) es el nombre que se le da a la travesía a través del Atlántico que hacían los barcos esclavistas desde las costas de África occidental hasta América. Se llama «del medio» porque era el tramo central del comercio triangular: los barcos partían de Europa con mercancías hacia África (primer tramo), cruzaban el Atlántico con personas esclavizadas hacia América (el pasaje del medio) y regresaban a Europa con productos coloniales como azúcar, tabaco y algodón (tercer tramo) [N. del E.].
- 15.Alba Editorial, Barcelona, 2008.
- 16.R.S. Bourne: «Trans-National America» en The Atlantic Monthly, 7/1916, disponible en www.theatlantic.com/magazine/a…
- 17.S. de Beauvoir: ob. cit.
- 18.Katakrak, Pamplona, 2022.
- 19.University Press of New England, Hanover, 2001.
- 20.Ayma SAE, Barcelona, 1968.
- 21.«Beyond Vietnam: A Time to Break Silence», 4/4/1967, disponible en www.crmvet.org/info/mlk_viet.pdf
- 22.Ibíd.
- 23.J.Q. Adams: «Address on Independence Day», discurso ante la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Washington, DC, 4/7/1821, disponible en constitutioncenter.org
- 24.Alianza, Madrid, 2022.
- 25.Expresión proveniente de la Biblia (Mateo 5:14), retomada en 1630 por John Winthrop, gobernador de la colonia puritana de Massachusetts Bay, y popularizada en los años 80 por Ronald Reagan, para quien EEUU sería una «ciudad resplandeciente en una colina» [N. del E.].
- 26.Referencia a la novela de Baldwin Another Country, Dial Press, Nueva York, 1962. [Hay edición en español: Otro país, Tres Puntos Ediciones, Madrid, 2022] [N. del E.].
