PANEGÍRICO DE FAUSTO HERRERA CATALINO EN EL CEMENTERIO CRISTO REDENTOR
13 de agosto de 2026, 2:30 p. m.
Hoy despedimos a un hombre del pueblo. A un hombre que hizo de la política, la educación, la comunicación y las luchas comunitarias instrumentos para servir.
Hoy, en su última morada, despedimos a Andrés Matos, Licho. Pero despedir a Licho significa también asumir el compromiso de preservar su memoria. Hay vidas que no terminan cuando el corazón deja de latir: continúan en las luchas que ayudaron a librar, en las personas que formaron y en los valores que defendieron.
Licho construyó su trayectoria desde abajo, desde el contacto directo con la gente, desde los barrios y desde la tribuna. No fue un dirigente fabricado en los salones del poder. Fue un dirigente formado en el contacto con el pueblo.
En el sector Simón Bolívar encontró uno de sus primeros escenarios de servicio comunitario. Allí, junto a otros jóvenes, participó en la fundación del Club La Trinitaria, mostrando desde temprano esa vocación de organización y compromiso con su comunidad que marcaría toda su existencia.
Después llegaron la política, la representación popular y las responsabilidades públicas.

Fue regidor del Ayuntamiento del Distrito Nacional y diputado por el Partido Revolucionario Dominicano, representando al populoso y combativo barrio de Capotillo. Y no fue casualidad que José Francisco Peña Gómez lo identificara como “el diputado del pueblo”.
Aquella expresión de Peña Gómez encerraba una definición política y humana.
Licho pertenecía a ese mundo donde la política todavía significaba caminar los barrios, escuchar a la gente, conocer sus problemas y entender que una representación popular no podía reducirse a un escaño, una oficina o una placa en una puerta o yipeta de lujo.
Licho no llegó al pueblo para conocerlo. Licho era parte del pueblo.
Su trayectoria estuvo profundamente vinculada al legado de José Francisco Peña Gómez, de quien fue un peñagomista consecuente y testigo de excepción de algunas de las más emblemáticas jornadas políticas de aquella época.
Desde Tribuna Democrática, espacio que dirigió como secretario de Comunicación del PRD, su voz formó parte de una época en la que la palabra política tenía fuerza, pasión y capacidad de movilización.
Allí compartió jornadas con dirigentes y comunicadores de una generación que entendía la comunicación política como una herramienta de educación, organización y combate democrático.
Licho puso voz, energía y convicción a muchas de aquellas batallas.
Pero sería injusto reducir su vida a la política.
Porque antes, durante y después de los cargos públicos estuvo el maestro.
Licho fue profesor de Matemáticas de la educación media. Y ese dato tiene una enorme importancia.
En las aulas dejó conocimientos. En la política dejó convicciones. En los barrios dejó organización. En la comunicación dejó testimonios de una época.
Y en sus amigos y compañeros dejó algo todavía más difícil de conseguir: lealtad, afecto y respeto. Licho tenía un trato afable y una manera cercana de relacionarse con los demás.
Fue un hombre que conoció las luces y las sombras de la política dominicana, que acompañó procesos históricos, que vivió triunfos y derrotas y que permaneció vinculado a la vida pública hasta sus últimos minutos. También, afrontó los riesgos, amenaza y peligro de exilio, prisión o muerte.
Pero la conducta de un hombre permanece en la memoria de quienes lo conocieron.
Por eso, al mirar la trayectoria de Licho, debemos recordar algo esencial: su mayor patrimonio no fueron los cargos que ocupó, sino la manera en que los ocupó.
Fue un hombre de origen humilde que llegó a representar al pueblo y que nunca olvidó de dónde venía, porque nunca dejó de ser parte de él.
Fue un político que conoció el poder, pero cuya identidad estuvo siempre vinculada a la comunidad.
Fue un comunicador que utilizó la palabra como instrumento de lucha.
Fue un profesor que tuvo en sus manos la posibilidad de transformar vidas desde un aula.
Y fue un compañero que supo construir amistades en medio de las difíciles circunstancias de la política.
Por eso duele su partida.
Duele porque se marcha un amigo.
Duele porque se marcha un compañero de luchas.
Duele porque se marcha un testigo de una época.
Duele porque con él también se va una parte de aquella generación que entendía la política como militancia, sacrificio, compromiso y servicio.
En nombre del Frente Barrial y Comunal del Partido Revolucionario Moderno, a quién Licho sirvio como asesor, expreso nuestras más profundas condolencias a su esposa, la profesora Juana Fabián; a sus hijas, Andry Patricia, Jovanna Leticia y Leydian Marcel; a Amaury Arias (Tito); a sus familiares, amigos, compañeros de lucha y a todos aquellos que tuvieron el privilegio de caminar junto a él.
Son nuestra familia, y nunca los dejaremos solos.
A ellos les decimos que el dolor de hoy es legítimo, pero que algún día ese dolor será sustituido por la gratitud de haber compartido la vida con un hombre que dejó una huella.
Licho se ha ido físicamente, pero no se ha ido de la historia.
Permanece en Capotillo.
Permanece en el Simón Bolívar.
Permanece en las aulas.
Permanece en Tribuna Democrática.
Permanece en las luchas comunitarias.
Permanece en la memoria del peñagomismo.
Permanece en sus compañeros.
Y permanece, sobre todo, en el corazón de su familia.
Hoy podemos decirle adiós, pero no podemos decirle olvido.
Porque hombres como Andrés Matos no desaparecen completamente. Se quedan en la memoria de su pueblo, en las luchas que abrazaron y en las generaciones que recibieron su ejemplo.
Descansa en paz, querido Licho.
Que Dios reciba tu alma, reconozca tus luchas, premie tus servicios y conceda consuelo y fortaleza a todos los que hoy lloramos tu partida.
Hasta siempre, compañero.
Hasta siempre, amigo.
Hasta siempre, Licho.
Que la gloria de Dios te acoja y que la tierra te sea leve.
Paz eterna a tu alma.
