Del país dividido al <<nosotros>> soberano y democrático: La tarea del Torrijismo
Omar Torrijos distinguía entre lo que él denominaba la verdad verdadera y la verdad cosmética.
La primera, la verdadera, si duele mucho, las más de las veces la gente preferiría mantenerla oculta; pero cuando sale a la luz, aunque duela, ella reivindica hechos y conductas, explica procederes y, sobre todo, traza el camino para lograr resultados más duraderos, plurales y diáfanos.
La segunda, la verdad cosmética, está siempre acomodada para engañar, unas veces inmoralmente conveniente para evitar o posponer un desenlace o para sortear un peligro o una amenaza cierta de costos coyunturalmente inmanejables, y otras veces, es parte de la utilería de seres humanos acostumbrados a torcer las palabras y a ocultar los significados para disimular intereses y propósitos y/o para sacar ventajas expúreas y mezquinas.
Hijo de un hogar decente y docente, dotado de una inteligencia emocional para nada común, entendía que la búsqueda de la verdad verdadera era sobre todo un proceso de aproximación a la certidumbre, un proceso en donde la intuición y la inteligencia emocional no pocas veces alcanzaban un valor instrumental superior al análisis racional y lógico de la coyuntura histórica y de la psique humana.
Más alta la certidumbre, más cerca de la verdad verdadera. Más baja, más expuesto a la verdad cosmética y a las lealtades de conveniencia.
Sabía, tanto por su condición profesional de policía cuanto por su accidental protagonismo político desde aquel octubre de 1968, que estaba obligado a vivir próximo al peligro y que no podía eludir la necesidad vital de identificar en las personas conductas dudosas e intenciones frágiles, así como enemigos frontales, y no pocas veces, enemigos íntimos. Y ese proceso era instantáneo… a primera vista.
En cada ocasión en que se encontraba ante un evento en desarrollo, ante un interlocutor desconocido o ante un giro inesperado de eventos y perspectivas, Omar Torrijos abría, instintivamente, un proceso complejo de búsqueda de la verdad verdadera, de aproximación a la certidumbre, sin perder nunca de vista que encaraba la exploración de un territorio de contornos difusos y de significados cargados de subjetividad, pleno de tantas aristas y matices como sujetos, eventos y decisiones concurrían en su evolución.
Pero, sabía –y estaba convencido—de que a más personas escuchara, a más diferentes fuentes de opinión y puntos de vista profesionales, políticos y sociales acudiera –mejor si muy enfrentados– más se acercaría a la verdad verdadera, más alta sería la certidumbre de tener la perspectiva correcta del bien común y de que las probabilidades de equivocarse disminuyeran.
Comprendiendo la diferencia sustancial entre el cuartel –donde se manda– y la sociedad, –en donde se gobierna—asumía a plenitud la obligación moral y política de escuchar, de escuchar antes que hablar, de escuchar antes que proponer, de escuchar antes de decidir.
Y, no menos importante, este proceso, tan intelectual como emocional, le ayudaba a identificar en cada coyuntura las fronteras –siempre móviles– de lo posible y de lo socialmente útil, las consecuencias de las trasgresiones, las líneas de alto voltaje con que tendría que lidiar y las rayas rojas más allá de las cuales los costos se contabilizarían para ser, tarde o temprano, cobrados. Le ayudaba a decodificar el perfil humano de su interlocutor y la compleja naturaleza democrática de la sociedad.
Controversial cuanto pueda ser, dejamos constancia de que él mismo, Omar Efraín Torrijos Herrera, se autocalificó ‘dictador convicto, confeso y converso’ en una entrevista harto conocida y que, lejos de ser un exabrupto de cinismo de su parte, nosotros, los que fuimos testigos de excepción de ese tránsito existencial entre el dictador confeso y el converso, siempre lo hemos entendido como un acto de valentía moral con el cual Omar voluntariamente se sometió al veredicto de la historia. ¡Y que cada quien lance la primera piedra… si puede!
Y para que ese veredicto fuere justo, constancia dejó –para quien lo quisiera y quiera ver– del reto que su código deontológico de soldado de la República le impuso para no rehuir a mandar cuando fue necesario –doloroso cuanto fuere– pero para dejar de hacerlo cuanto antes, como si el poder le quemara las manos.
Un veredicto sobre Omar Torrijos también debe registrar que fue su convicción patriótica personal la que lo llevó a asumir sin titubeos ni vacilaciones la misión de recoger de manos del pueblo panameño las banderas rasgadas del 9 de Enero para enarbolarlas en la cima del Cerro Ancón… y pagar con su vida la osadía.
Dotado de un talante ético robusto –forjado mucho antes de llegar al Cuartel– Omar Torrijos asumió ante su amigo Carlos Andrés Pérez –y no como una concesión a los Senadores de Estados Unidos– el compromiso escrito de que, una vez concluida la tarea de liberar a la nación del yugo colonial, renunciaría a todo poder, reconduciría la Guardia Nacional a sus cuarteles y juraría lealtad y respeto a los poderes constituidos como lo hizo al colocarse tres escalones abajo en la escalinata del Palacio de Las Garzas y rendirle honores al Presidente Royo.
Soy testigo de descargo. Yo redacté esa carta del General Torrijos a Carlos Andrés y aquellos panameños, entonces enemigos acérrimos del dictador –que tienen en sus archivos una copia que el Presidente venezolano les entregó a cada uno– deberían publicarla.
Por lo tanto, el legado de Omar Torrijos Herrera no va decodificado contra un marco ideológico específico. No por nada decía <<Ni con la izquierda, ni con la derecha: con Panamá.>> Es decir… ¡Con todos!
Ni solamente va interpretado ese legado como el resultado lineal de su biografía pública pues, de así hacerlo, perderíamos la esencia de ese legado, lo fosilizaríamos y extraviaríamos para siempre la ruta que nos propuso cuando… <<tirando la línea>> daba un paso al flanco, nos convocaba a terminar la tarea, que en la cima nos esperaría con patriótico saludo.
Tampoco, en una etapa tan atribulada y llena de amenazas existenciales para la nación y para nuestra convivencia democrática como la que ahora nos toca vivir, deberíamos convocarlo en nuestra ayuda rindiendo homenaje a sus estatuas y monumentos –y voy a ser más atrevido– ni tampoco singularizando en él la recuperación de nuestra dignidad, de una democracia de auténtico e insolente cuño ciudadano, de nuestra soberanía e identidad nacional y de nuestra vía interoceánica, porque, con la humildad auténtica y constructiva que le caracterizó, siempre dijo que esa victoria no era suya sino del pueblo panameño.
Y lo demostró con claridad meridiana al ausentarse del acto de reversión de la jurisdicción y del inicio de nuestra participación en la administración del Canal aquel 10 de octubre de 1979, porque, a su juicio, ese honor solamente le correspondía al pueblo panameño y él no era más que un simple soldado en la avanzada de esa lucha que él entendía siempre inacabada.
Les invito por lo tanto a mirar al hombre, al ser humano, a rememorar y rescatar esas cualidades, esos valores, esos principios y virtudes de su personalidad con las que tocó nuestros corazones, transformó para siempre nuestras vidas y retó nuestros intelectos para sumarnos, sin pedir nada a cambio, a una misión que por tan desigual, parecía imposible de cumplir.
Nacido y criado en un hogar decente y docente –como solía decir—recibió de sus padres una capacidad afectiva, emocional y cognitiva lo suficientemente estructurante como para, sin complejos, reconocer con honestidad y valentía sus limitaciones subjetivas, como para no pretender la posesión excluyente de la verdad ni demandar de los demás una lealtad ciega y, mucho menos, como para declarar el carácter universalmente definitivo de su obra porque siempre, siempre dispuesto a escuchar y a sumar y corregir, sin complejos ni malicias, desde el más humilde de los campesinos hasta el más encumbrado de los empresarios.
Esa cajita de herramientas afectivas, emocionales y cognitivas que le entregaron Joaquina y José María, le habilitaron para transformar experiencias, sensaciones, vivencias y emociones en símbolos y significados concretos así como para concurrir, con humildad, en la construcción de narrativas plurales que le permitieron comprender la realidad social y subjetiva de nuestro pueblo más allá de la superficie, que le facultaron para cimentar empatías poderosas para comunicarse con los otros de igual a igual y concurrir en la edificación de un proyecto de vida en común a partir también de la influencia pedagógica, intelectual, cultural, artística, ética y moral que sobre él también tuvieron esos educadores y educadoras que en esos tiempos encontraron refugio en la Normal de Santiago porque se vieron obligados a dejar su tierra natal para no claudicar de sus convicciones democráticas, patrióticas y progresistas ante los déspotas y tiranos que asolaron sus países natales.
Y todo ésto, tuvo el joven veragüense Omar Efraín Torrijos que vivirlo y procesarlo racional y emocionalmente en la ambivalencia cotidiana propia de una vida social y política dominada por una élite oligárquica soberbia, corrupta, represora, excluyente, distante y satisfecha de campar y lucrar a la sombra del conculcador de nuestra soberanía.
Desde esta perspectiva, les invito a comprender a Omar Torrijos Herrera como una personalidad histórica capaz de conjugar en su singularidad energías, roles y atributos que otros seres humanos suelen separar: el maestro y el soldado, el amigo protector y el estratega, el cholo provinciano y el dirigente internacional, la disciplina del uniforme y la cercanía inmediata con el pueblo.
Su singularidad estuvo precisamente en orientar esas energías hacia una misión mayor que su biografía personal: incorporar a los excluidos, convertir la humillación canalera en conciencia nacional y conducir a Panamá desde la condición de país territorialmente fracturado hacia la afirmación de un <<nosotros>> soberano porque la nación le cabía en su ser.
Esta lectura nos permitiría no solamente reconocer las matrices luminosas en las cuales Omar Torrijos Herrera encarnó una necesidad colectiva de dignidad, integración y soberanía cuanto identificar esos principios, valores, cualidades y virtudes suyas que, a partir de hoy, nos proponemos rescatar.
La primera matriz de su personalidad fue la magisterial. Nacido en Santiago de Veraguas, hijo de dos maestros, educado en su primera juventud en la gloriosa e indómita Escuela Normal, lejos de los clanes económicos y políticos de la capital. La autoridad que aprendió en su infancia y juventud provenía del ejemplo, del conocimiento, de la palabra, del servicio y de la responsabilidad hacia la comunidad. Esa huella permaneció dentro del militar: Torrijos escuchaba antes de explicar, persuadía antes de decidir y se imponía conocer la realidad directamente en el terreno.
Podemos afirmar que el maestro sobrevivió dentro del General. Por eso creyó en la dignidad del niño y del joven, en las becas, el Seguro Educativo, en la expansión de la enseñanza y de las oportunidades para quienes, por pobreza o distancia, parecían condenados a permanecer fuera. Para él, estudiar significaba romper una herencia de exclusión y entrar con voz propia en la nación.
La segunda matriz de su personalidad fue la militar. El uniforme contribuyó a la constitución de su Persona: le dio disciplina, identidad y acceso a un poder que el viejo orden reservaba a los apellidos y a la fortuna. Sin embargo, la Persona militar nunca absorbió ni anuló al hombre de Veraguas. Entre campesinos, niños, trabajadores y comunidades rurales surgía un Torrijos espontáneo, generoso, atento al lenguaje concreto de la vida. Gabriel García Márquez, Graham Greene y Chuchú Martínez percibieron su humor, su risa fácil y su capacidad para acortar distancias. La hamaca, los recorridos por los pueblos, la conversación sin protocolo y sus zambullidas en el río en Coclesito rodeado de chiquillos y chiquillas expresaban una inteligencia encarnada en su Persona: mirar, escuchar y sentir antes de hablar y decidir.
La tercera matriz, su cualidad humana más poderosa, fue la de su capacidad de vincular, de reconocer al otro concreto y de producir confianza. El pueblo lo vivió como padre protector porque escuchaba y transformaba necesidades en caminos, escuelas, acueductos, salud, legislación laboral, organización campesina y oportunidades de estudio. La reforma del Código de Trabajo dándole más poder a los trabajadores en sus negociaciones colectivas y reconociendo un papel constructivo e irrenunciable a sus sindicatos, el Seguro Educativo, las becas y la ampliación de los servicios públicos, la Salud Igual para Todos, dieron forma a una convicción esencial: el Estado debía llegar primero a quien había sido dejado al final. Apoyó al agricultor que trabajaba sin respaldo, al obrero y a sus sindicatos, al joven del interior, al niño pobre y a las comunidades olvidadas.
Cambió así las reglas del poder: sectores que antes eran objeto de promesas demagógicas y de represión, comenzaron a ser reconocidos como sujetos de la nación y partícipes de sus decisiones.
Una cuarta matriz: en él actuaba también una energía mercurial, es decir una energía vital por la cual, sin cansancio ni desanimo cruzaba fronteras, enlazaba mundos y encontraba pasajes, consensos y acuerdos donde otros veían bloques irreconciliables. Se rodeó de colaboradores de formaciones y orientaciones políticas diversas, combinó reforma social y planificación con economía mixta y convirtió las relaciones personales en instrumentos diplomáticos.
Hizo de Panamá un punto de encuentro: reunió en Panamá a dirigentes socialdemócratas y latinoamericanos, y se vinculó con las redes de la Internacional Socialista sin renunciar al Movimiento de Países No Alineados ni al diálogo con gobiernos de signo distinto. Esa amplitud le permitió sacar la causa panameña del aislamiento y hablarle al mundo con una voz propia.
Su mayor obra histórica fue encarnar la herida colectiva de soberanía y transformarla en estrategia. La Zona del Canal dividía el territorio y lesionaba la dignidad psíquica del país: Panamá no se pertenecía enteramente a sí misma. Torrijos comprendió que la fuerza militar no resolvería aquella desigualdad y que la resignación la haría eterna. Sostuvo presión y negociación, nacionalismo e internacionalismo, firmeza y paciencia. Internacionalizó la causa, la llevó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y tejió apoyos latinoamericanos y del Movimiento de Países No Alineados.
Los Tratados Torrijos–Carter, firmados en 1977, entraron en vigor en 1979 y abrieron una transición de veinte años que culminó el 31 de diciembre de 1999 con el control pleno del Canal y la recuperación de la soberanía sobre todo el territorio. Torrijos no alcanzó a contemplar ese día pero dejó trazado y jurídicamente asegurado el camino que Panamá cumplió.
Hay otra tarea política que también merece quedar clara. Entre 1972 y 1978 impulsó reformas del ordenamiento jurídico que, preservando integralmente toda la plataforma doctrinal firmemente apalancada en la Constitución de 1946, garantizaba la institucionalidad del Estado de Derecho –que asegura la igualdad jurídica de los ciudadanos– y la institucionalidad del Estado Subsidiario-Planificador y de su Modelo Keynesiano de Economía de Mercado –que asegura la igualdad sustancial de los ciudadanos.
En ese camino, abrió paso a la participación electoral de los sectores populares y de las comunidades territorial y administrativamente invisibilizadas mediante la creación de la Asamblea de Representantes de Corregimientos, aprobó el regreso inmediato y sin restricciones de los opositores porque no eran enemigos e impulsó la elección democrática de los Legisladores, dentro de una ruta encaminada a la celebración de elecciones presidenciales en 1984.
La reorganización de los partidos políticos como auténticas expresiones del poder de los ciudadanos para impedir su cooptación por grupejos mafiosos, corruptos y oligárquicos, estimuló el desafío de organizar el Partido Revolucionario Democrático desde una perspectiva ética e ideológica distinta a la de los <<partidos de bolsillo>> de cuño oligárquico, favoreciendo una orientación nacional-popular y liberal-socialdemócrata que ampliara el disenso constructivo y el diálogo con dirigentes civiles nacionales e internacionales.
Cuando murió, arteramente asesinado en 1981, ese proceso democratizador estaba en marcha. Había ya anunciado <<el repliegue>> de la Guardia Nacional a sus cuarteles, había renunciado a la condición de Jefe de Gobierno para permitir que el Presidente de la República recuperara todos los poderes y facultades así como el lunes próximo 3 de agosto anunciaría a la nación su decisión irrevocable de renunciar a la Comandancia de la Guardia Nacional –y de paso hacerse acompañar de todo los miembros del Estado Mayor– para dar paso a un relevo generacional institucional que fuera garantía de que la Guardia Nacional regresara plenamente a sus funciones republicanas y constitucionales.
Omar Torrijos Herrera tenía plena conciencia de que aquella apertura era, por vulnerable, incompleta. Y entendía muy bien que tal vulnerabilidad dependía de que tanto el poder político como el poder económico y el militar, al aceptar los límites que le eran impuestos por la Constitución, favorecieran la armónica división y colaboración de los poderes del Estado y respetaran todas las expresiones de la convivencia democrática.
Omar Torrijos, entendiendo a cabalidad que, cuando uno de esos poderes se impone a los otros, se abre un camino hacia el autoritarismo y la tiranía de difícil reversión, convocó a una corrección histórica: ponerle fin para siempre al predominio militar en el espacio público y en la gestión política y devolver a la ciudadanía el ejercicio electoral pleno. Su muerte dejó esa transición sin el conductor que la había iniciado y abrió paso a la reversión de lo alcanzado y a otro proyecto militar y de poder muy diferente del suyo que nos llevó a donde estamos.
Desde esta lectura, estas facetas luminosas de Omar Torrijos se pueden organizar alrededor de cuatro imágenes: el maestro que abre puertas, el padre y amigo que protege sin humillar, el mediador y guía que incansablemente tira puentes y conecta opuestos para transformar y el héroe de la soberanía que carga la herida de su pueblo hasta convertirla en destino común pero que rechaza toda mitificación e idealización mesiánica de su liderazgo siempre empeñado en conservar y cultivar la humildad como condición primigenia de su liderazgo: <<Omar, hijo de Joaquina, pon los pies sobre la tierra>>.
La luz de Omar Torrijos Herrera reside en haber usado el poder para ampliar la pertenencia: la nación le cabía en su ser y, por eso, el niño, el campesino, el estudiante, el trabajador y el olvidado cabían también en la nación. El reconocimiento de los límites de su régimen conserva la verdad histórica; el centro de este resumen está en la energía creadora y desinteresada que puso al servicio de Panamá.
Y aquí comienza la responsabilidad del Torrijismo contemporáneo. Sus seguidores no estamos llamados a vivir como hijos huérfanos, esperando otro padre providencial, sino como herederos adultos de un legado que exige coraje, estudio, disciplina, cercanía, honradez y compromiso militante.
Honrarlo significa cuidar la nación, defender el Canal, el agua y el territorio, fortalecer la educación pública, apoyar al productor y al trabajador, regresar al Estado planificador y subsidiario, al modelo keynesiano de economía de mercado, volver a abrir oportunidades reales a la juventud, colocar la política al servicio de la vida de quienes menos tienen y concebir el patrimonio mineral del país como un seguro de vida de la Patria en caso de que –como dijo en Penonomé a finales de los Setenta en una reunión para explicar la importancia estratégica de los yacimientos metalíferos de Cerro Petaquilla y Cerro Colorado– <<un acto irresponsable e inmaduro de gobernantes futuros de EEUU>> nos arrebate lo conquistado.
Y bien lo dijo entonces –para todo el que quiera entender– a propósito del supuesto derecho de intervención y de las amenazas de retomarse el Canal y el territorio adyacente: <<Si no hay Canal para los panameños, no hay Canal para nadie.>>.
Honrar a Omar Torrijos Herrera exige cerrar el paso al juega vivo, a la corrupción, a la demagogia, al caciquismo, al clientelismo y al “poco importa” ante el sufrimiento ajeno, tanto a nivel de la nación como del nuevo partido que construyamos entre todos.
El nombre de Omar no puede ser una contraseña electoral ni un refugio para sinvergüenzas ni privilegios. Su ejemplo demanda democracia interna, rendición de cuentas, formación y elección de los liderazgos y lealtad al bien común, sujeción al poder ciudadano, reagrupamiento matricial de todos los militantes y la reingeniería de nuestra nueva institucionalidad y doctrina.
La tarea más exigente que tenemos por delante consiste en transformar el carisma y el afecto de él heredados, en instituciones democráticas capaces de sobrevivir al líder.
La figura fecunda no es el jefe eterno: es el maestro que abre caminos para que otros los recorran y los ensanchen.
Su herencia pertenece a Panamá y sobre todo a los torrijistas pero continuará viva únicamente cuando la hagamos crecer en Verdad y Justicia.
Y hoy, a 45 años, es necesario –y está bien– mirar hacia afuera e identificar en la dimensión geopolítica los peligros, amenazas y desafíos que se están perfilando ante nosotros.
Pero la solución no está en militarizar la defensa nacional ni la seguridad pública y mucho menos en sumarse a doctrinas ajenas en abierta violación de nuestra condición de país neutral, que más allá de que esté pactada en el Tratado Torrijos-Carter, responde a un necesidad vital de asegurar el uso libre e indiscriminado de la vía interoceánica panameña a todas las banderas del mundo y continuar siendo, como lo visualizó el Libertador Simón Bolivar, <<Puente del Mundo y Corazón del Universo>>.
La solución reside en recuperar la vitalidad y la fortaleza de la sociedad civil mediante la reingeniería industrial de su modelo de economía de mercado para que genere nuevamente bienestar y trabajo, para que resista y derrote a quienes amenazan con reconducirnos a la condición de colonia de Trumpilandia.
<<El Canal es militarmente indefendible>>, nos dijo el General Omar Torrijos Herrera. Sólo el pueblo panameño puede asegurar la defensa del Canal de Panamá, en la medida que considere y tenga certeza de que la vía interoceánica es suya y de que vive en una sociedad que debe y merece ser defendida porque le permite libremente construir su propio y personal proyecto de felicidad.
Y al mismo tiempo nos advirtió que las causas profundas de los desarreglos que vivimos no están afuera, en la dimensión geopolítica: están adentro de nuestro colectivo social.
Por eso, antes de iniciar a lucha épica por recuperar nuestro patrimonio geográfico y nuestra soberanía, enderezó la lucha hacia adentro para restañar heridas, corregir injusticias e inequidades, incluir, colocar el bien común como norte irrenunciable del quehacer político, disminuir la inequidad social, económica, territorial y étnica.
La debilidad mayor y estratégica está adentro, en la polarización social y política, en la promoción deliberada del odio al diferente, en la destrucción de la solidaridad social y en la siembra deliberada de la desconfianza en las instituciones democráticas inhabilitándolas para resolver los problemas sociales al privarlas de sus poderes y facultades empequeñeciendo el Estado según la fórmula del neoliberalismo desregulador que entrega todo el poder a una minoría codiciosa y convierte a los ciudadanos en vasallos.
Cada nación tiene una especificidad que debe ser registrada y cada una tiene un peso relativo que debe quedar reconocido e integrado en una solución entre iguales. Panamá debe hacer valer su peso en la defensa del multilateralismo y del derecho internacional así como defender su identidad como eje axial para relanzar la organización de la Comunidad de Naciones de América Latina y del Caribe.
Y, si bien, tenemos cada vez más diagnósticos y análisis de lo que sucede adentro, hay sin embargo una inflación de propuestas polarizadoras y demagógicas acompañadas de una terrible escasez de propuestas concretas que surjan del reconocimiento del carácter policrático de la sociedad contemporánea en cuanto democracia que privilegia la identificación y solución de los problemas concretos y existenciales de los seres humanos como sujetos soberanos en el espacio social y público y no como vasallos de un colectivo indiferenciado y anónimo.
El reconocimiento de ese carácter policrático y matricial de nuestras sociedades generará el impulso capaz de activar, sin intermediarios tramposos ni sesgados de partidocracias ni de agrupaciones sociales sectarias, el PODER CIUDADANO capaz de identificar esos problemas que afectan de manera específica y particular a una o más personas en el colectivo social. Generará también el impulso para activar el reconocimiento de ese poder como contrapeso de los poderes fácticos (y por ende tendencialmente antidemocráticos) que irremediablemente se materializan en el espacio económico y político cuando se estropean (deliberadamente o no) los principios que dan sustento al bien común y las reglas que lo preservan y maximizan.
Emitir un juicio sobre Omar Torrijos demanda por lo tanto hacer el balance de nuestras conquistas bajo su liderazgo, del patrimonio de oportunidades y de tareas que nos legó, de la inspiración y de la fuerza política que los Torrijistas podemos y debemos heredarle a las generaciones futuras, sin que ello implique cargarle también a Omar la responsabilidad de cómo esas conquistas, oportunidades, tareas, fuerza política e inspiración fueron o no aprovechadas, enriquecidas, malbaratadas, desperdiciadas o incluso destruidas… Responsabilidad que es nuestra y sólo nuestra.
Omar Torrijos, siempre humildemente consciente de la finitud y fragilidad de su vida y de que debía entregar la Bandera cuanto antes, lo que siempre hizo fue advertir: <<¡Pendejos son si dejan quitar lo acumulado!>>.
Y para terminar, les propongo un minuto de silencio. Pero no para homenajear al General Omar Torrijos Herrera –que si bien se lo merece, le haríamos sentir incómodo– cuanto para que cada uno dedique ese minuto para recordar e identificar el momento en que él nos tocó el corazón, nos abrió oportunidades para educarnos, nos retó el intelecto y cambió nuestras vidas y la de la nación panameña.
Y cuando terminemos el minuto de silencio, que quien haya rememorado ese momento y haya tomado conciencia de las cualidades, principios, valores y virtudes que la Personalidad Histórica del General Torrijos le aportó y que está dispuesto a recuperar… ¡Que se ponga de pie y levante la mano! Gracias.
